caer en la cuenta

marzo 21, 2015 § Deja un comentario

Las cosas son lo que son. Pero siempre se nos muestran desde una óptica u otra. Así, podemos decir que las cosas siempre aparecen de un modo determinado. Como si fueran en verdad lo que parecen. Sin embargo, la posibilidad de verlas de otro modo permanece esencialmente abierta. De ahí que digamos también que las cosas, desde la óptica de nuestro interés o receptividad, son aparentes, ilusorias. Esto es, que no acaban de ser lo que parecen. Así, una mujer se nos da como cuerpo más o menos deseable. O como amiga. O como madre. O, también, como un poco de todo. En cualquier caso, esa mujer se nos da como algo más que una simple mujer. Ahora bien, propiamente podríamos sospechar que ese algo más es, en cualquier caso, algo de más. ¿Qué és esa mujer en sí misma, esto es, más allá de lo que pueda significar para nosotros en un momento dado? Más aún ¿tiene la pregunta sentido? Pues de ser algo en sí misma ¿existe alguna óptica desde la cual poder captarlo? ¿Existe esa óptica que no suponga, precisamente, una determinada óptica o interés? ¿Acaso no deberíamos decir que la existencia misma de una óptica impide el acceso sensible a la realidad como tal? ¿Acaso el en sí y, por tanto, la realidad tot court, su carácter de algo en verdad otro, no nos está vedado por principio? ¿No deberíamos admitir que lo que pueda ser esa mujer en sí misma es, de hecho, lo que trasciende esencialmente sus particulares modos de ser? ¿Acaso no estamos hablando de la distancia, el hiato, de lo intratable e invisible —de lo esencialmente inaccesible— que hay en ella? ¿Y eso que hay en realidad no es, de hecho, lo que se da a la fuga, lo que permanece siempre pendiente, lo que en cualquier caso da un paso atrás, literalmente, una abstracción? ¿Acaso no es solo en tanto que siempre fue? Puede que la filosofía no pretenda otra cosa que dar testimonio del carácter otro, esto es, trascendente de la realidad propiamente dicha. Ahora bien, si lo real es también un en última instancia, algo definitivo, ¿no deberíamos admitir que la alteridad propia de lo real de hecho se materizaliza desde la óptica de la muerte? ¿No será el horizonte de la muerte, una óptica privilegiada, el punto de vista desde el cual, las cosas se nos dan definitivamente como lo que son en verdad? La posibilidad misma de la nada ¿no nos instala de por sí en la perspectiva del asombro —del reconocimiento de lo que acontece—, liberándonos, precisamente, de la estrechez del propio interés? Esa mujer, ¿no es, desde esta óptica, vida que nos ha sido dada? ¿No ya como si fuera un don, sino en verdad un don? Ahora bien, lo cierto es que mientras seguimos anclados en el mundo —mientras sigamos sometidos a las exigencias de la adaptación—, y esto es algo que tampoco podemos evitar, permanecemos alejados de lo que es en verdad. En el mundo todo es penúltimo y vivimos también de lo penúltimo (aunque sea penúltimamente). De ahí, que el hecho mismo de existir suponga habitar en la escisión entre lo aparente —lo que nos parece— y lo que en verdad acontece. Existir, literalmente, significa vivir de espaldas a lo real, separados, enajenados del acontecimiento. Esto es, sin consistencia. No podemos permanecer en la verdad de lo que nos ha sido dado. Podemos caer en la cuenta, pero poco más. Ahora bien, precisamente por eso, ese poco más es vital. De ahí la importancia de marcar nuestra existencia con los signos —las huellas— de lo verdadero. De ahí la importancia del tatoo, el rito, la liturgia. Pues sin liturgia somos pasto del impersonal juego de las fuerzas, simples bolas de billar.

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