liberto (y 2)
mayo 7, 2015 § Deja un comentario
Libertad es promesa —o, como suele decirse también, compromiso. El hombre libre —el que quiere en verdad algo— es aquel capaz de atarse al mástil. Quiero, por tanto, debo. Libertad es, así, fidelidad. Sin disciplina, la libertad es simplemente un estar a merced de los vientos variables del deseo, una forma agradable de esclavitud. Sin embargo, el sujeto que realiza la promesa no acaba de coincidir con el que la realiza. Pues, en el fondo, nadie está a la altura de sus mejores promesas. Incluso ahí donde se mantiene fiel, el corazón del hombre se encuentra en otra parte. Las promesas del hombre solo pueden llevarse a cabo contra el hombre de carne y hueso (el sujeto empírico en términos de Kant). La sujeción a la Ley que el hombre se impone a sí mismo —el ejercicio de la voluntad—, tarde o temprano, termina con la alienación de la carne. De ahí que el hombre no pueda evitar una consustancial falta de integridad. El cuerpo no sigue los dictados del alma. La escisión le pertenece como aquello más íntimo. O, lo que viene ser lo mismo, no parece que el hombre pueda poseerse a sí mismo. Aunque quizá deberíamos admitir que el destino de la libertad sea, precisamente, un ponerse en manos del otro —en manos de su orfandad—, en tanto que uno acaso solo pueda querer con cuerpo y alma respondiendo a la demanda infinita que nace de la soledad del otro hombre. Al fin y al cabo, puede que la libertad no sea más que un liberarse de sí mismo. Una heteronomía radical se encuentra en la raíz de la libertad del hombre.