«Diosito nos acompaña siempre»

julio 7, 2015 § Deja un comentario

La fascinación que a menudo experimentamos por la fe de la gente sencilla expresa, en el fondo, una nostalgia por la fe perdida, la fe más elemental. Esta fe proclama sin rubor que hay Dios y que éste interviene en la vida de los hombres, fortaleciendo al débil y, en definitiva, preservándola de la devastación. La gente sencilla cree, sencillamente, en los milagros. Pues, al fin y al cabo, creer, para quien depende por entero del poder de Dios, es creer en la posibilidad de lo imposible. De hecho, si lo cree no es porque necesite creerlo, aunque también haya algo de eso, sino porque, efectivamente, Dios ha intervenido en favor del huérfano, la viuda, el oprimido. La gente sencilla se fía, sencillamente, de quien lo vió. La acción de Dios infunde, sin duda, confianza, pero también un cierto temor, pues el poder de Dios es, en tanto que de Dios, excesivo. De ahí que los sencillos vayan con pies de plomo cuando se acercan al Dios en quien confían. En cualquier caso, la fe, a diferencia de la especulación, deriva de un acontecimiento fundacional y este acontecimiento, en el caso del Dios de los sencillos, no puede ser otro que la liberación de Egipto (y sus variantes). Por eso, si Dios es en verdad un Dios de pobres, solo los pobres puedan ver a Dios. Pues bien, ¿hemos de deducir que no hay Dios que valga para quién vive alejado del peligro—para quien ha dejado atrás la infancia? Es posible… aunque lo normal es que, al menos inicialmente, cambie la noción de Dios. Mejor dicho, lo normal es que Dios pase a ser una noción, una imagen, un principio, y deje de ser esa bestia compasiva —ese Dios vivo— que originariamente fue. El paso suele justificarse con una teología para adultos, en la cual Dios ha quedado reducido, por lo común, a su cara más amable. Es así que esa teología para adultos suele ser una teología de la bendición. Es cierto que una teología de la bendición es el horizonte natural de la teología de la liberación. Que el clamor, si es que hay un Dios que vale como Dios, termina en alabanza. Ahora bien, es igualmente cierto que para quienes alcanzan la tierra prometida, Dios pasa a ser, no tanto el que actúa (rescatando a los esclavos de Egipto), como el que preserva la vida. Esto es, para quienes han logrado arraigar en el mundo, Dios ya no aparece como el que interviene en combate, sino como el que se dedica a tareas de mantenimiento. Sin embargo, lo cierto es que, por eso mismo, quienes han arraigado en el mundo fácilmente dejan a un lado la fe de sus padres —o, lo que viene a ser lo mismo, caen en la idolatría, quedándose solo con el Dios bonachón, con aquél que, desde las alturas, mantiene el aliento de la vida. En este sentido, no hay mucha diferencia, del lado del Dios vivo, entre quien no cree que haya Dios y aquel que da por sentado que Dios es una especide de océano en el que acabaremos disolviéndonos como muñequtios de sal. Por ello, la fe de Israel insiste una y otra vez en que el Dios de la Creación es el Dios de la liberación de Egipto. De ahí el no olvides de donde vienes—no olvides quién te rescató del Faraón—no olvides la ira de Dios. En definitiva, no te olvides de quien aún está por llegar: del inmigrante en la patera, de la viuda que no puede alimentar a sus hijos, del que no tiene padres que cuiden de él. Fe y memorial —fe y mandato— van, por consiguiente, de la mano, pues quien deja de tener presente los terrores de la infancia, nuestra condición de hombres y mujeres tremendamente vulnerables al poder de la muerte, fácilmente acabará haciéndose un Dios a la medida de su satisfacción. Fácilmente pasará de un Tú a un Ello, de la aparición a la apariencia, del enteramente otro al «lo mismo que yo pero en grande». Ahora bien, el problema es que, desde la tierra prometida, la fe de los padres se comprenderá como superstición. Los padres son, de hecho, desacreditados por los hijos de la saciedad. La cosa no es, por consiguiente, tan simple: el recuerdo que se nos reclama no puede darse en los mismos términos que acuñaron los testigos del acontecimiento fundacional. De hecho, para quienes han alcanzado la tierra prometida, el testigo pierde su antigua credibilidad: lo que el vió ya no podemos verlo nosotros, ni siquiera teniéndolo delante. Con buena voluntad, los hijos intentarán una interpretación, una hermenéutica, un como si. Pero donde hay interpretación no hay visión. Los herederos de la fe ya no podrán ver lo mismo que vieron los testigos de Dios. De ahí que la apología de la fe en los tiempos modernos pierda el tiempo donde busca una actualización de las primeras visiones. Quizá le sería más útil demostrar que no hay otra realidad —otra alteridad— que la que percibimos en medio de la oscuridad. Que solo en la oscuridad cabe, propiamente, la aparición. Que a plena luz del día todo es apariencia—algo demasiado visto como para que sea realmente otro. Pero en ese caso deberíamos admitir que hay más realidad en los cuadros de el Bosco que en una fotografía de Europa Press, en el mito que en la ciencia. Algo, sin duda, difícil de tragar para las tragaderas modernas.

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