los tres magníficos del AT

junio 6, 2016 Comentarios desactivados en los tres magníficos del AT

En el Antiguo Testamento podemos encontrar tres experiencias de Dios, las cuales no son fáciles de integrar entre sí, aunque, en muchos textos, se den mezcladamente. Por un lado, tenemos el Dios del éxodo, el más asimilable a la concepción tradicional de lo divino. Se trata de un Dios que interviene poderosamente en el mundo. En este caso, estaríamos ante el Dios de los esclavos de Egipto, un Dios que se diferenciaría de los dioses de los otros pueblos, en principio, por sus preferencias (y es que resulta muy extraño que un Dios se decante por unos perdedores), aunque no solo por ellas. Y por este «no solo», el Dios de Israel, a pesar de aparecer según el modo de la divinidad tradicional, esto es, a la manera de un deus ex machina, no termina de ser asimilable a la noción general de lo divino. Pues, este Dios siempre aparece con su debido contrapunto, aquel que impide que el pueblo de Israel pueda comprenderlo como una divinidad territorial, una divinidad pagana (y aquí conviene recordar que «pagano» significa originariamente «campesino», alguien ligado a la tierra). Así, el Dios del éxodo es, también, el Dios de la palabra —el Dios de Abraham— aquel que se da, precisamente, como futuro, como promesa de un hogar que no termina de concretarse. Por otro lado, tenemos también el Dios que brilla por su ausencia, el Dios que se encuentra en falta, aquel que desaparece del mapa —el Dios del desierto, el del exilio en Babilonia, el Dios de las catástrofes—. Ahora bien, este Dios tiene, por su parte, el contrapunto, ciertamente extraño, del Dios de la Alianza, el Dios que le dijo a Israel aquello de «no te abandonaré, estaré siempre contigo». ¿Por qué Israel, en las épocas en donde Dios se hacía presente como el ausente, no abandonó la fe en su Dios (como se abandona a una compañía aseguradora que no es capaz de cumplir)? ¿Por qué siguió confiando en ese Dios a pesar de las evidencias? Los viejos creyentes de Israel dirían: «porque nos prometió que no nos abandonaría». De ahí que Israel crea, más que en Dios, en la promesa de Dios (y de ahí que su Dios sea, principalmente, el Dios de la Alianza, el Dios de la promesa). Pues, si Israel no hubiera creído fundamentalmente en la promesa de Dios, difícilmente Israel, dada las pruebas históricas, podría llegar a tener una ciega confianza en Dios, sin pecar de ingenuidad. Por último, encontramos, sobre todo en los textos sapienciales, al Creador, aquel que, habiéndose alejado de la Historia, preserva la vida del mundo desde su atalaya cósmica. Ahora bien, aquí el Dios creador que permanece a una cierta distancia de su creación, ocupado en las tareas de mantenimiento, encuentra su contrapunto, no ya en el Dios que interviene poderosamente, sino en el de la crítica profética, aquel que, precisamente, está a un paso de aniquilar al hombre —aquel que acusa al hombre de impiedad y le exige una respuesta incondicional. Se trata, en definitiva, del Dios de la Ley, el Dios que quiere algo del homnbre. Así, visto lo visto es como si las diferentes experiencias de Dios del pueblo de Israel no pudieran concretarse en un solo concepto de Dios. Como si tal concreción implicara el falseamiento de la realidad misma de Dios. Pues un Dios que pueda concebirse como Dios —un Dios pagano— no es Dios en verdad. Por eso quizá los profetas insistan en que el Creador es también el Dios del éxodo y el Dios de la Ley, el Dios precisamente olvidado donde acentuamos el papel creador de Dios. Y vicerversa: el Dios de la Ley es también el Dios del séptimo día, el Dios ausentey no algo así como una proyección fantasmal, la personificación espectral de la figura del padre o la simple excusa de una exhortación moral. En cualquier caso, quedarse con uno de los lados de Dios es negar a Dios creyendo, no obstante, que se cree en Él. Ahora bien, no estamos simplemente ante una complejidad que, como tal, exige ser tenida en cuenta, sino ante el hecho de que los lados de Dios, por decirlo así, no terminan, como subrayábamos incialmente, de ligar entre sí. Como si una experiencia de Dios estuviera, de algún modo, desmentida por las otras. Como si, al fin y al cabo, y con respecto incluso a la verdad de Dios, estuviéramos en manos de Dios. Bíblicamente, Dios es, por tanto, un Dios extraño, un Dios elusivo en tanto que Dios, un Dios que no acaba de ofrecerse como Dios donde, de algún modo, se muestra como Dios. Dios, sea como sea, no es solo el Dios que, en un momento dado, (a)parece como Dios. Dios es siempre el que aún queda por ver, aquel que, como Dios, permanece aún pendiente.

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