como ángeles

marzo 13, 2017 Comentarios desactivados en como ángeles

Una relación estropeada puede recomponerse con un cambio de actitud. Cabe perdonar —cabe no tener en cuenta. Sin embargo, quizá nos equivocamos donde damos por sentado que si todos tuviéramos una buena actitud, el mundo sería muy distinto. Y ello con independencia del carácter tautológico de la tesis. O quizá por esto mismo. Pues, aun cuando el mundo sería otro mundo, si todos fuéramos como ángeles, lo cierto es que no somos ángeles. O, por decirlo con otras palabras, lo que vale para el contexto de la relación interpersonal no vale para el ámbito de lo político. Las decisiones políticas que busquen lo mejor para todos o, cuando menos, para la mayoría, no pueden presuponer que la solución al problema sociopolítico pasa por la conversión moral de los hombres. Por ejemplo, es indiscutible que las cargas fiscales que soporta la denominada clase media serían menores, si no hubiera fraude fiscal. Pero un ministro de Hacienda a la hora de distribuir la carga tributaria tiene que contar con el dato, cuantificado con precisión estadística, de que no todos pagaran lo que deben. Es lo que tiene una sociedad compleja —y masificada— como la nuestra. Mancur Olson, en un estudio ya clásico, sostuvo algo que, por otra parte, resulta casi elemental, a saber, que la tentación del individuo en las sociedades complejas es la de actuar como un free rider, esto es, como alguien que participa de los bienes públicos sin asumir su coste. Esto no ocurre en el contexto de una comunidad, pues la integración del individuo en el grupo es una integración, en definitiva, moral. En una comunidad la posibilidad de ser señalado por el resto —la posibilidad de la vergüenza— pesa demasiado como para caer en la tentación del free rider. Sin embargo, en el caso de las sociedades complejas y con respecto al bien común, la posibilidad de la vergüenza no posee la misma fuerza motivadora, pues aquellos ante los que tienes que rendir cuentas no son tus vecinos o amigos, sino la gente, la masa anónima. Y la gente no tiene rostro. De ahí que los principios de la moral pública sean, en dichas sociedades, esos principios que justifican por encima las leyes —por ejemplo, cuando se dice que hay que pagar impuestos para contribuir al bien común—, pero que no determinan su concreción. Ciertamente, porque siguen habiendo principios, el infractor puede ser moralmente acusado. Pero su conducta, por poco que pueda, no responderá a dichos principios. Entre otras razones porque puede ser consciente de que la carga fiscal, por seguir con el caso de antes, es superior a la que debiera… si todos pagaran lo que les corresponde. Es como si lo que uno tiene que hacer no pudiera coincidir, al menos en ciertos contextos, con lo que debe, moralmente, hacer. Por consiguiente, que las cosas vayan a mejor socialmente hablando, no depende tanto de la conversión moral de los ciudadanos como del diseño de instituciones que puedan limitar un ejercicio indiscriminado del poder. Y esto es muy distinto de creer que el conflicto político podría resolverse si todos fuéramos buena gente, cosa que es indiscutible, pero por eso mismo políticamente irrelevante.  

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