Agustín y el mal

julio 3, 2017 Comentarios desactivados en Agustín y el mal

Si es posible que el genocida no acepte el perdón de sus víctimas —y ello, más que posible, es algo que hemos constatado una y otra vez—, entonces el mal no es un error de la sensibilidad, una imperfección, una ignoracia. Si el verdugo puede escupir sobre el rostro de aquellos a quienes torturó, cuando estos, convertidos en despojos de sí mismos, son capaces, por decirlo así, de perdonarlo, entonces el mal no puede ser pensado relativamente como carencia. Ciertamente, hay metáforas que contribuyen a una aceptación espontánea de la doctrina, tradicional en la Iglesia, que sostiene que el mal es ausencia de bien. Como, por ejemplo, aquella tan viral que dice que la oscuridad es debida a la falta de luz. Pero si todo fuese luz, no es que no hubiera oscuridad, sino que no habría luz. El mal se halla anclado en el hombre como si fuera una naturaleza. La caída no es un accidente, sino algo que constituye nuestra condición. La doctrina del mal como déficit, doctrina que, si prescindimos de su origen socrático, la Iglesia le debe a Agustín  y que llega hasta Tomás de Aquino et al., arraiga en una concepción sustancialista de Dios. Si Dios es lo real por excelencia y teniendo en cuenta que la esencia de Dios es la bondad, el mal —el pecado— tiene que ser una desviación. Y en cierto sentido, podemos entederlo así. Sin embargo, se trataría de una desviación constitutiva. Si Dios, siguiéndole la pista a los textos bíblicos, es aquel que será — si Yavhé es el nombre que tiene pendiente su quién—, entonces la bondad es el destino del hombre, el modo de ser al que el hombre está llamado, en modo alguno lo que habita en las profunidades de la psique. Si excavamos en ella, como mineros del alma, encontraremos sin duda plata, pero no sin ganga —no sin equívoco. Podríamos decir que la invocación del hombre a la bondad es una naturaleza de segundo orden —una gracia—. El destino del hombre —lo que en definitiva es, desde una óptica judía— no queda enteramente determinado por su condición de haber sido arrojado al mundo. De hecho, el bien y el mal, bíblicamente hablando, no pueden comprenderse en clave ontológica, sino que serían las dos caras —los dos efectos de una y la misma trascendencia. Porque Dios no existe como dios —porque el mundo es lo que es debido a que Dios, el enteramente otro, da un paso atrás—, el don y el sufrimiento se revelan, según atestigua el libro de Job, como debidos a la realidad de un Dios en falta, un Dios que se ofrece como promesa de sí mismo y, en definitiva, como el porvenir del hombre. El problema de la concepción socrático-agustiniana del mal es que fácilmente nos permite presuponer que la fraternidad universal depende de que seamos capaces de darnos cuenta de que, en el fondo, no queremos otra cosa que la fraternidad. Y de ahí a creer, como creyeron los gnósticos, que de lo que se trata es de recibir una buena educación hay un paso. Si hay mal —si Satán, por decirlo así, es el príncipe de este mundo—, entonces la chispa divina, de haberla, puede morir. Y si puede morir, el hombre no es capaz de redimirse a sí mismo desde las profundidades abisales del alma. Satán es Satán. Desde la óptica del gnosticismo, no hay lugar para la intervención divina, salvo la pedagógica, aun cuando, cristianamente, dicha intervención no sea estrictamente la de un deus ex machina, el dios que interviene espectacularmente en los asuntos humanos, sino la de un Dios que va en busca del hombre sacrificándose como Dios. No en vano los gnósticos no supieron ver que el crucificado no era simplemente un maestro, sino el cuerpo en el que se encarna el sacrificio mismo de Dios, aquel que nos coloca en la situación de quienes pueden responder a la invocación de Dios y, en último término, salvarse.

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