niños rotos

julio 7, 2017 Comentarios desactivados en niños rotos

El oxímoron quizá sea la figura retórica que mejor expresa el núcleo duro de la existencia. Pues fácilmente creemos que podemos dividir cuanto nos rodea en lo dulce y lo amargo —lo bueno y lo malo, lo salvable y lo condenable. Sin embargo, quien te da la vida, también te la jode. El amor no es puro, salvo en los cielos de Disney. Al menos, porque el trato al que nos obliga el día a día se sostiene sobre relaciones de poder. Y donde hay poder hay víctimas, aun cuando dichas relaciones solo puedan entenderse dialécticamente, como dijo acertadamente Hegel a propósito del vínculo entre el amo y el esclavo. Vivir es hacer —y hacerse— daño. Aunque también abrazar, acariciar, perdonar. Pero diría que esto último, si no fuera simplemente una reacción, solo puede darse desde el fondo mismo del daño. Ciertamente, hay grados. Y la diferencia de grado no es irrelevante. Pero ello no quita que pivotemos en torno a un cortocircuito. De este modo, aspiramos a un vínculo que, con todo, no podremos soportar. O quizá debamos cuidar de una madre, cuyo amor nos ahoga. Los cuervos que criaste, te arrancarán los ojos —y quizá con razón. Nos equivocamos, pues, en el momento en que damos por hecho que es posible vivir de la luz sin que hayan sombras. El cuidado del alma no se lleva a cabo linealmente, como si tan solo tuviéramos que seguir una dieta para conseguir un cuerpo perfecto. Si podemos creerlo así quizá sea porque hemos reducido nuestra existencia a una sola instrucción, aquella que nos ha sido dictada socialmente. El idiota —literalmente, el incapaz de salir de sí mismo— es alguien que vive de espaldas al fondo trágico de la existencia, alguien que ignora que andamos sobre aguas movedizas. El cuidado del alma es en gran medida un combate, aunque, como en el caso de Jacob y el ángel, no se trate de vencer, sino de sobrevivir. Sobrevivir es, en gran medida, sobrevivir a uno mismo, al menos mientras nuestra pregunta no sea si acaso hoy podremos dar de comer a nuestros hijos. Pero si es posible sobrevivir a uno mismo no será porque nos bastemos a nosotros mismos. Quien te salva de ti mismo, por decirlo así, es siempre aquel que irrumpe en tu vida y la hace saltar por los aires. No obstante, en ningún caso será aquel o aquella que se ajusta a tu fantasía. Pues, quien irrumpe en tu existencia —quien la interrumpe— es alguien dañado, aquel que convoca, precisamente, lo dañado que hay en ti. Al fin y al cabo, tan solo nos encontramos con el otro desde nuestra infancia rota —desde nuestra incapacidad para llegar a ser los dueños de nosotros mismos. Hay pureza, pues, pero no nos pertenece. Y no porque se trate de un ideal inalcanzable, sino porque cuanto acontece sin ambigüedad —el perdón de lo imperdonable, el amor sacrificial— no tienen como sujeto a quien aún confía en su posibilidad. Si fuera así, el gesto seguiría siendo equívoco. Quien es capaz de entregarse al otro —quien es capaz de acogerlo— es alguien que ha sido desposeído incluso de sí mismo, un resto, un despojo. De ahí que dichos gestos coincidan con el fin del mundo, cuando menos porque quien puede encarnarlos ya no se enfrenta al mundo como a su posibilidad. Podríamos decir que ya no tiene vida por delante. No es casual que el lenguaje de la verdad sea el de la resurrección, el cual es ciertamente incomprensible para quien aún arraiga en la tierra. Como decía Adorno, quizá todo consista en contemplar la existencia desde la óptica de la redención. El resto es un anar fent o, lo que acaso sea peor, llenarnos la boca de grandes palabras.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo niños rotos en la modificación.

Meta