pólvora mojada

agosto 17, 2017 Comentarios desactivados en pólvora mojada

Un cristianismo que quiera recuperar sus señas de identidad tendrá que comprenderse a sí mismo, como hizo en sus orígenes, contra la vía religiosa de ir hacia Dios. Pues lo que es innegable es que la búsqueda de respuestas a nuestras preguntas últimas hoy en día se lleva a cabo sin el recurso de las fórmulas cristianas. Basta con leer cualquier libro de espiritualidad al uso. No es que los hombres actualmente pasen de las cosas últimas, aunque haya muchos que se contenten con poder ir a el corte inglés, sino que la munición cristiana les parece más cercana al mito que a la verdad. Pólvora mojada. Que Jesús sea Dios, que los muertos resuciten en los días finales… es para la mayoría algo sencillamente intragable. Pero quien sea aún capaz de comprender cuando menos qué hay detrás del kerigma cristiano probablemente caerá en la cuenta de que tiene más de anti-mito que de superstición. Pues proclamar que Dios depende de la respuesta del hombre al sacrificio de Dios nos coloca en la situación de quienes penden de un hilo. Y, ciertamente, esto no es lo mismo que estar convencido de que la solución a los problemas pasa por vaciar la mente. En el fondo, quizá la cuestión sea si el mal es simplemente un error o, por el contrario, algo que anida en el corazón del hombre. Esto es, si la voluntad de destrucción es tan solo una reacción que podemos controlar por medio de nuestra iluminación o si se trata de una raíz que exige una redención. Sin duda es más tranquilizante creer en lo primero. Pero la tranquilidad nunca fue un criterio para quien simplemente se pregunta si acaso será verdad que todo pasa por el desapego. Un estoico en el infierno de Auschwitz no da la impresión que sea, precisamente, alguien capaz de pronunciar la última palabra. El cristianismo, por tanto, se equivoca cuando, con la intención de ser políticamente correcto, intenta comprenderse a sí mismo como un modo entre otros de aproximarse al misterio de Dios. Pues, entre otras razones, el Dios que se revela como crucificado —el Dios que no es nadie al margen de su identificación con aquel que murió como un apestado de Dios—, no parece que sea un Dios al que podamos aproximarnos como quien se dirige a una cima o a un océano.

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