en el nombre del padre

septiembre 11, 2017 Comentarios desactivados en en el nombre del padre

Hay que ir con pies de plomo a la hora de recurrir a la imagen de Dios como padre. Pues, desde nuestra moderna sensibilidad, corremos el riesgo de deformar el sentido de los textos bíblicos. En la Antigüedad, un padre no era, ni de lejos, lo que es hoy en día. La Modernidad podríamos entenderla, en buena medida, como la época de la crisis de la figura paterna. Hay sin duda progenitores, pero difícilmente padres. Un padre, por defecto, es el cuida de ti, pero también el que puede echarte de casa, dejar de reconocerte como hijo. Y esta doble dimensión de la autoridad paterna es la que cuesta de ver en nuestras sociedades occidentales. Podríamos decir que, con el advenimiento de los tiempos modernos, la figura paterna se ha modulado maternalmente. Esto, ciertamente, posee su lado luminoso, pero también su vertiente oscura. En este sentido, no es casual que, por lo común, experimentemos el encontrarnos sub iudice —el que, de entrada, seamos culpables por omisión— como algo que violenta nuestro derecho a ser como nos plazca. Pero donde no creemos que el otro y, en última instancia, el pobre no solo provoca nuestra reacción emocional, sino que también, y quizá sobre todo, nos juzga, probablemente faltemos a nuestra verdad como hombres y mujeres que fueron arrojados al mundo. De ahí que reguemos fuera de tiesto donde con insultante facilidad damos por hecho, si es que lo hacemos, que la paternidad de Dios es como la del abuelito de Heidi. No por ser la de un espectro bonachón, la imagen de Dios tiene por qué ser más verdadera. De hecho, es al contrario. El hábito nunca hizo al monje. Que el ídolo se vista de algodón, no es suficiente para que el ídolo pueda ocupar definitivamente el lugar de Dios. Basta con que suframos la desgracia —basta con que topemos con lo irreparable— para caer en la cuenta de que el abuelito de Heidi tiene los pies de barro. La bondad de Dios, bíblicamente, es indisociable de su ira. Que la desaparición de Dios no haya supuesto nuestra aniquilación, al menos de momento, es el signo de que no hallamos bajo su medidad de gracia. Pero, como decía Bonhoeffer, la gracia tiene un precio, de hecho un alto precio. Y es que bíblicamente la paternidad de Dios no responde a nuestra necesidad religiosa de amparo, sino al paso atrás de Dios. Pues solo desde la nada de Dios —o mejor dicho, desde el no ser aún nadie de Dios— puede el hombre experimentar la vida como don o como milagro. Pero del mismo modo que solo desde un Dios en falta se encuentra sujeto a la demanda, en el doble sentido de la expresión, que nace de los que sufren en sus carnes la ocultación de Dios. El hombre se equivoca cuando se comprende a sí mismo en relación con su proyecto. Cuando menos, porque el hombre es, en el fondo, quien debe responder a la demanda de quienes, con su clamor, dan testimonio de la altura de Dios. En relación con Dios, todos somos el mismo huérfano. Y de ahí que el hombre, aunque lo ignore, esté en deuda con el hermano. Su deber es su deuda. Su libertad es su compromiso con el prójimo. Su querer es su respuesta al llanto de los abandonados de Dios. El hombre no encuentra su medida en su deseo, sino en su infinita obligación con respecto a los ojos fuera de órbita del desamparado. La paternidad de Dios es, al fin y al cabo, la de un padre que hace tiempo que no vemos por casa. Mientras el mundo siga siendo mundo, de Dios tan solo tenemos lo debido a Dios. Y lo debido a Dios —el don y la Ley— es, literalmente, un testamento.

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