la teología como filosofía primera

septiembre 16, 2017 Comentarios desactivados en la teología como filosofía primera

La solución al problema filosófico fundamental —de qué hablamos cuando hablamos de lo real— es teológica. Pues el factum de la existencia no es la falta de certeza con respecto a cuanto damos por sentado, sino el encontrarnos en medio de un mundo sin alteridad. Lo primero no es qué podemos saber —lo primero no es la pregunta acerca de cómo asegurar, si fuera posible, la adecuación de nuestras representaciones del mundo con el mundo—, sino la ausencia de algo o alguien en verdad otro. Ciertamente, poseemos una idea de lo otro o del otro, pero al precio de haber reducido su alteridad a representación, a las imágenes que pueden encajar en el marco de las condiciones de nuestra receptividad. Esto es, lo primero, para el sujeto que se sitúa en el centro del mundo, no es su hallarse expuesto a una alteridad radical, sino su idea de una alteridad radical. No es lo mismo. Pues la idea de la alteridad, por el hecho de ser idea, ya ha dejado atrás la extrañeza de lo enteramente otro, su carácter inasimilable o intratable, en definitiva, su nada. La nada es, pero es en el modo de un ser en falta. Cuanto podamos decir de lo real terminará reconociendo que el algo o alguien en verdad otro tan solo puede aparecer donde desaparece, donde se oculta, precisamente, el hecho de ser algo o alguien en verdad otro. El carácter otro de lo real es lo que da un paso atrás, por decirlo así, en su hacerse presente a una sensibilidad. En este sentido, no es nada —o nadie— que pueda ser caracterizado como ente. Estrictamente, se trata de un deber ser. Que estemos ante algo o alguien en verdad otro dependerá, en definitiva, de quienes seamos como hombres. Pues hablaremos de alguien cuando comprendamos que lo primero para el hombre no es el saber, sino el responder a la demanda de quienes sufren en sus carnes la impiedad de la existencia. Aunque ese alguien sea un Yo que aún no es nadie mientras tenga pendiente su quien, mientras no dé un paso al frente que compense su originario paso atrás. Pero quizá que mejor que no lo dé. Pues el mundo llegaría a su final, cuando menos porque el mundo es lo que es por la desaparición de la alteridad tot court. Por suerte, no puede dar ese paso salvo que el hombre responda y, por lo visto, a los hombres nos cuesta dejar a un lado nuestra pretensión de ser dueños de nosotros mismos. Es lo que tiene vivir de espaldas a lo real.

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