mythos

octubre 6, 2017 Comentarios desactivados en mythos

Las imágenes del mito están más cerca de la visión espontánea de las cosas que nuestra simplicidad científica. Así, la división platónica entre cuerpo y alma, división que hoy se nos antoja como superada, da más en el clavo que la concepción del hombre que entiende que nuestra conducta no es más que la reacción de un mecanismo complejo. Que somos un problema para nosotros mismos —que nuestras inclinaciones no siempre son integrables— es evidente. El instinto se satisface con un cuerpo más o menos apto. Sin embargo, hay en nosotros una aspiración al encuentro que no se realiza donde los cuerpos tan solo comercian entre sí. La cuestión es cómo comprendemos la escisión que en gran medida nos constituye. Y no es lo mismo decir que los anhelos del alma no son los del cuerpo que decir que el conflicto tan solo tiene que ver con instrucciones incompatibles. No es lo mismo creer que tú eres el impulso hacia lo elevado —no es lo mismo que te identifiques con la aspiración del alma— que dar por descontado que dicho impulso es una ilusión. Pues el sujeto no es en ambos casos el mismo. En realidad, juegan en ligas distintas. Ciertamente, que haya encuentro es extraordinario, en el sentido literal de la expresión. Y también es verdad que, de darse, no podemos permanecer demasiado tiempo en ese tiempo de excepción. Pero de ahí a hacer de lo ordinario la norma de cuanto debe ser aceptado como real media un paso, de hecho, un gran paso. Desde las gradas del espectador, no dejamos de ser como perros de Pavlov. Pero el espectador no ve lo que el perro es para sí mismo, a saber, alguien que se encuentra, en cierto modo, más allá incluso de su carácter. El espectador, a lo sumo, constata lo que los protagonistas de la escena dicen sobre sí mismos, pero no percibe la nada, la ausencia de ser en el el núcleo duro de su ser que les obliga a decir lo que dicen. No parece que podamos comprender bajo el mismo marco conceptual un perro que se limita a reaccionar a los estímulos del entorno que un perro que solo es en la medida en que se encuentra a faltar a sí mismo. Un perro que no acaba de ser en su modo de ser es algo más que un perro. De hecho, es otra cosa. En este sentido, como decíamos, creer que nuestro cuerpo no nos pertenece quizá esté más cerca de alcanzar el tuétano de lo real que la idea de que apenas somos algo más que un manojo de impulsos. Tampoco es causal que cuanto más científicos, más estúpidos, cuando menos en lo que respecta a la relación que mantenemos con nosotros mismos. Platón con treinta años ya estaba de vuelta (o casi). Nosotros con treinta y, probablemente, también con cuarenta seguimos siendo unos adolescentes. Y el problema del adolescente es que cree saber lo que en el fondo ignora. Un follón.             

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