Dios te ama

octubre 12, 2017 Comentarios desactivados en Dios te ama

Dios te ama no porque, en los oscuros recovecos de tu alma, sientas que te ama. Este sentimiento, por sí solo, nos habla menos de Dios que de la necesidad afectiva de quien se siente amado por Dios de este modo. Estamos ante una variante del onanismo. Y el cristianismo será lo que quieras, pero en absoluto una fe para onanistas. El amor de Dios es sacrificial. Como cualquier amor. Si cristianamente confesamos el amor de Dios es porque reconocemos al crucificado como el quien de Dios. El Dios que se hace hombre por el bien del hombre es el Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que es, un Dios, en definitiva, que aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues el hombre tan solo encuentra su centro en Dios, de hecho en un Dios que se identifica con un crucificado como maldito de Dios. Y esto, ciertamente, no parece homologable al dios que suponemos que nos quiere, a la manera de una madre espectral, desde el más allá. No casualmente, la proclamación del amor de Dios fue, en su momento, algo inaceptable para quien daba por hecho que un dios, en su sano juicio, no puede sacrificarse por el hombre. Es como si nosotros nos entregásemos por amor a nuestras mascotas. Podemos cuidarlas, sin duda, pero en modo alguno morir por ellas. Sería absurdo. Pues bien, el amor de Dios tiene algo de incomprensible para quien sepa qué significa inicialmente la palabra Dios. De ahí que la proclamación cristiana no deje las cosas de Dios como estaban. Podríamos decir que el Dios cristiano es un Dios que ha perdido el juicio. De ahí que nos hallemos bajo su misericordia, la cual no deja de ser una medida de gracia. Sin embargo, la gracia tiene su precio, y un alto precio. Pues que Dios quiera al hombre, hasta el punto de sacrificarse por él, significa que Dios quiere algo del hombre, cosa que no parece que tengan mucho en cuenta quienes experimentan en su interior el amor de Dios como si fuera independiente de lo que ocurrió en el Gólgota. Y ya sabemos qué quiere Dios de nosotros. No debería extrañarnos, pues, que prefiramos hacer del amor un Dios, como tantos hoy en día, que confesar que Dios nos amó como un colgado.

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