sin prójimo

octubre 18, 2017 Comentarios desactivados en sin prójimo

El sujeto de la Modernidad se comprende a sí mismo como una máquina, ciertamente compleja, capaz de reaccionar a los estímulos de su entorno. En este sentido no es casual que el principal tratado de La Mettrie se titule precisamente L’Homme Machine, algo parecido a un panfleto de antropología materialista. Ahora bien, esto es así porque para dicho sujeto la alteridad no es el dato inicial, lo incuestionable de nuestro estar en el mundo. De entrada, no se encuentra expuesto al exceso del otro en cuanto tal —al resto invisible de lo visible—, sino a su representación mental del otro, lo cual hace que la exterioridad a la que apunta esta representación sea, de por sí, problemática. El sujeto moderno no puede fácilmente deshacerse de la sospecha de que acaso cuanto tiene en mente tan solo tenga que ver con su mente. Pues modernamente y en lo que respecta al saber, lo primero no es el carácter otro de lo real, sino la idea que tenemos en mente del carácter otro lo real. De ahí que el sujeto moderno no pueda situarse ante la alteridad como un prius, ni, por consiguiente, comprenderse a sí mismo como aquel que únicamente es en relación con el otro avant la lettre. Ahora bien, si el otro no es el prius de la propia existencia —si en su lugar tan solo contamos con la idea que nos hacemos de él, con su fantasma— , entonces no cabe una respuesta a su demanda, sino en todo una reacción a su imagen. Las reacciones son las mismas tanto en un mundo real como en uno virtual. No así las respuestas. De hecho, estrictamente no puede haberlas. Cuando menos porque en un mundo virtual no hay nadie que nos exija una respuesta, sino en todo caso fantasmas que parecen exigírnosla. Y siempre es posible dejar de creer en fantasmas. En cualquier caso, podemos decirnos a nosotros mismos que esa exigencia no es propiamente algo que tenga que ver con el otro, sino tan solo con nuestra creencia acerca del otro. Quizá el nihilismo más radical, más que revelar la nada que subyace a nuestras grandes palabras, defienda, no sin estupor, que por detrás de la voz que nos invoca no hay estrictamente nadie, sino a lo sumo una representación. Como parece que dijo Lou Andrea Salome, Nietzsche fue, al fin y al cabo, el profeta de una humanidad sin prójimo.

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