¿puede un Dios amarnos?

octubre 21, 2017 Comentarios desactivados en ¿puede un Dios amarnos?

El cristianismo proclama, como sabemos, que Dios es amor. Y nos quedamos tan anchos, quizá porque ya hemos perdido de vista el carácter disruptivo, por no decir religiosamente inaceptable, de la declaración cristiana. Pero lo cierto es que esta no tiene nada de obvio. De hecho, se trata de algo que tuvo que revelársenos. Pues, ¿cómo lo superior puede entregarse a lo inferior? ¿Acaso tendría sentido que un hombre se sacrificase por un ácaro? Si nuestro hijo decidiera morir para que su mascota pudiera seguir con vida ¿acaso no consideraríamos su sacrificio como un delirio? Los hombres somos capaces tanto de lo mejor como de lo peor. Y, por lo común, prevalece lo peor. Pues la bestia que llevamos dentro fácilmente sale de su redil cuando el cielo cae sobre nuestras cabezas. En los campos de la muerte hubo padres que incluso llegaron a arrancar el pan de cada día de la boca de sus hijos. ¿Puede haber peor blasfemia? De ahí que quienes sobrevivieron más que dejar de confiar en Dios, dejaran de confiar en el hombre. No parece que merezcamos el amor de Dios. En todo caso, su desprecio. Y, sin embargo, recibimos su misericordia. O al menos, eso confiesa el creyente. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo puede amarse lo que provoca nuestro asco moral? El kerigma cristiano sostiene que por debajo de las pústulas morales hay una bondad que merece ser redimida o, mejor dicho, que solo podemos interiorizar como aquella bondad a la que estamos llamados en tanto que es rescatada por el sacrificio de Dios de la podredumbre que la sepulta. Y el sacrificio tuvo lugar en la sima del Gólgota. Sin embargo, seguimos como si nada hubiera acontecido. Si no caemos en el estupor de los primeros cristianos es porque hace tiempo que no sabemos qué hacer con la palabra Dios. Así, tendemos a interpretarla en los términos de un como si. Como si el amor que sostiene cuanto es fuera el de una madre. Pero donde hay un como si, no hay propiamente un sí. De ahí que digamos espontáneamente que el amor es divino, pero no que Dios es amor. Nos resistimos, quizá con razón, a creer en fantasmas, aunque sean buenos. Pero el cristianismo no dice que el amor sea divino, sino que Dios es amor. Y ello difícilmente puede defenderse sin apuntar a un quien. Sin embargo, y esto resulta decisivo, no estamos hablando de un quien que posea la entidad de lo espectral. El quien de Dios es el de aquel que aún no es nadie sin el fiat del hombre (aunque, quizá deberíamos decir que Dios posee, consecuentemente, la entidad del espectro). Hasta el acontecimiento del Gólgota, Dios fue un Yo que sufrió una brutal crisis de identidad —un Yo que, por eso mismo, se da como el enteramente otro, como el que aparece como el desaparecido—. Ahora bien, si Dios solo llega a ser el que es por medio de la entrega incondicional del que sufre el abandono, la impotencia de Dios, entonces no tiene sentido preguntarse cómo un Dios puede morder el polvo. Pues Dios no es con independencia de su morder el polvo, de su ponerse en manos del hombre para ser, precisamente, el que es. Dios es su entrega al hombre (y ciertamente esto no hace muy buenas migas con la divinidad típicamente religiosa). Al confesar que Dios es amor no decimos, por tanto, que Dios tanto puede amarnos como despreciarnos, como si Dios fuera independiente de su identificación con el hombre. El desprecio —la condena— de Dios sería, en cualquier caso, el envés de nuestra indiferencia. En este sentido, el relato de la caída es fundamental para comprender de lo que estamos hablando. La caída no afecta tan solo al hombre, sino también a Dios. Pues, tras la caída el hombre vaga por el mundo como espectro que ignora de quién es imagen y, en definitiva, como aquel que no sabe quién es. Pero del mismo modo que Dios deviene ese yo que perdió su imagen y que, por consiguiente, aún no es nadie mientras no se reconcilie con ella. Que Dios ame al hombre significa, de entrada, que Dios, desde que el hombre es hombre, va en busca del hombre. Pues amar es buscar, perseguir, clamar. El amor de Dios de entrada se manifiesta como su clamor por el hombre, aunque se solo se realice por medio de la respuesta incondicional de aquel que sufre el abandono de Dios. Ahora bien, el hombre, en tanto que arrancado, no quiere saber nada de Dios. De ahí que el amor de Dios tan solo pueda manifestarse como paciencia, esto es, como la pasividad de un Dios que no puede dejar de coincidir con su silencio mientras el hombre le siga dando la espalda a su clamor o demanda. Pues Dios tan solo puede abrazar al hombre —reconciliarse con él, llegar a ser el que es— si el hombre se deja, esto es, donde el hombre, colgando de una cruz, se entrega a un Dios impotente.

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