Fray Marcos es un fake

enero 3, 2018 Comentarios desactivados en Fray Marcos es un fake

El dominico fray Marcos Rodriguez suele publicar en el blog Fe adulta sobre la necesidad de actualizar el mensaje cristiano a los tiempos que corren. La tarea es cuando menos encomiable, con independencia de los pasos en falso que podamos dar al respecto. Pues resulta indiscutible que el cristianismo corre el riesgo de volverse irrelevante en un mundo en donde ni siquiera la mayoría de los que aún se confiesan creyentes entienden el credo que proclaman. ¿Engendrado no creado? ¿De la misma naturaleza que el Padre? ¿Resucitarán los muertos finalmente para que puedan ser juzgados? Sin duda, todo ello suena a mito. A oídos modernos, es como si los cristianos que aún creen creer profesasen una fe semejante a la de quienes, hoy en día, le siguieran rindiendo culto a Thor. Y algo de esto hay, ciertamente. De ahí que para Fray Marcos la confianza en un Dios personal deba ser reemplazada por la convicción de que habitamos en medio del espíritu que sostiene cuanto es. En este sentido, el espíritu sería algo así como el fondo nutricio del cosmos del que tendríamos que alimentarnos, si queremos alcanzar la plenitud a la que estamos destinados. Al fin y al cabo estamos hechos de ese fondo, aun cuando, sometidos al imperativo del materialismo dominante, lo hayamos olvidado. Parece ser que nos encontramos, una vez más, ante una variante del viejo gnosticismo, aunque sea con las trazas de un cristianismo sensible al sufrimiento humano como es, ciertamente, el de Fray Marcos. Tampoco debería extrañarnos, pues el gnosticismo es la tentación perenne de la fe. Según fray Marcos, los mitos religiosos serían puras construcciones culturales, una interpretación provisional del Uno del que emana nuestra existencia. Cito literalmente: no hay visiones, ni revelaciones que sean externas a nosotros. Todo es una elaboración de nuestro cerebro, el cual no hace otra cosa que reaccionar a estímulos. Así, tendríamos que desembarazarnos del mito para acceder al ámbito en el que podemos llegar a ser quienes, en última instancia, somos. Para fray Marcos, Dios es ese ámbito. En él somos, aun cuando lo ignoremos. Ahora bien, a este ámbito tanto podemos denominarlo Dios… como también arkhé, siendo quizá más consecuentes. Aquí el nombre es lo de menos. Por otro lado y desde esta óptica, Jesús sería a lo sumo el ejemplo a seguir, el paradigma de la entrega al otro y no el Hijo preexistente de la mitología cristiana. Hasta ahora todo suena francamente bien. Pues el mensaje de Fray Marcos es perfectamente digerible por nuestras entendederas modernas. No hay aquí fantasma bueno ni ángel de la guarda, como tampoco culto o sacrificio dentro de la lógica comercial del do ut des, sino algo así como unocéano al que todos los ríos van a parar. Sin embargo, podríamos preguntarnos, si en vez de actualizar el cristianismo, Fray Marcos, y a pesar de su innegable honestidad, no lo estará más bien falsificando. Pues al tirar el agua sucia de la superstición es probable, como suelen decir los ingleses, que hayamos tirado también al niño que quisimos limpiar. Diría que la cuestión que aquí está en juego es la de la alteridad de Dios y, en último término, la posibilidad de confesar a Dios como el Señor de nuestra entera existencia. O Dios es un Tú que quiere algo del hombre o, cristianamente hablando, no puede valer como Dios, aun cuando se trate de algo último. La cuestión es cómo dar testimonio de ese Tú sin caer en el mito o la idolatría. Sin embargo, puede que baste con una lectura atenta y perspicaz de los textos bíblicos. Ciertamente, nuestras actuales dificultades con un Dios personal tienen que ver con que la cosmovisión científica no admite un mundo tutelado por un fantasma se supone que bueno. Aun cuando fuese así, la mente moderna no puede reconocer a ese fantasma como Dios. Un fantasma bueno, a pesar de su aparente superioridad moral, no es más, aunque tampoco menos, que un fantasma bueno. Por tanto, fray Marcos tiene razón al decir que la realidad de Dios no puede quedar limitada por una imagen antropomórfica, la cual, como proyección que es, responde más bien a nuestra necesidad de amparo. Pero aquí Fray Marcos quizá no tenga en cuenta que, al sustituirla por la noción de espíritu, aun cuando sea modernamente más aceptable, no tenemos por qué haber dado en el clavo de Dios. No hay que haber leído a Freud para sospechar que dicha noción, tal y como se expone, quizá responda en último término al oscuro deseo de regresar a la matriz de la que fuimos arrojados. Y si es así, entonces la divinidad sigue estando al servicio de nuestro rechazo del principio de realidad, por emplear el término de Freud. Seguimos con el viejo vino, aunque hayamos cambiado de odres. En realidad, el espíritu, bíblicamente hablando, no es Dios, sino de Dios, esto es, debido a Dios. Desde esta óptica, el espíritu sería un resto, lo que queda de Dios donde no queda ya nada de Dios. O por decirlo en clave cristiana, el espíritu de un crucificado en nombre de Dios. Con respecto a Dios, dar en el clavo es dar en el clavo de la cruz. Y el espíritu de un crucificado tiene poco que ver con el que podemos concebir etsi crux non daretur. Para Fray Marcos, la cruz no revela nada nuevo acerca de Dios. En cualquier caso, es el resultado del compromiso creyente de Jesús con los desheredados. La cruz, desde su punto de vista, tuvo mucho de previsible, sobre todo si tenemos presente cual fue y sigue siendo el destino de los profetas. Es verdad que, a pesar de su deriva gnóstica, fray Marcos acierta cuando sostiene, dentro de la mejor tradición, que el espíritu es un espíritu de apertura. El espíritu es el poder que nos descentra. Tan solo conectados al espíritu podemos darnos cuenta de que no somos el centro. Sin embargo, cristianamente el poder que nos descentra no es el que habita en el fondo de cada uno, como si se tratara de poner los dedos en un enchufe para cargarnos de la energía que rompe los límites del ego, sino el que nace del llanto de las víctimas de nuestra indiferencia, aun cuando esta se cubra con los oropeles de nuestra búsqueda espiritual. Cristianamente, lo que nos saca del quicio del hogar no es nuestro vacío existencial, sino la voz que, imperativamente, nos obliga a responder, de tal modo que nuestra falta de respuesta es, ya de por sí, una respuesta. No deberíamos olvidar que en los evangelios los primeros no fueron los sacerdotes, los puros, sino las putas y los publicanos, en definitiva, los apestados, en tanto que solo ellos se encuentran en la situación de responder honestamente a la invocación de Dios. También es verdad que en Fray Marcos hay —y mucha— compasión. Pero una compasión que no se comprenda a sí misma como respuesta a la demanda infinita que nace de los estómagos del hambre —una compasión que no se sitúe en el horizonte del juicio— no deja de ser una reacción. Si todo es reacción a estímulos, como Fray Marcos sostiene, entonces no hay otro que valga. Y si no hay otro que valga, no es posible salir de los estrechos límites de la satisfacción, aunque se distinga entre satisfacciones espurias y verdaderas. No hay diferencia formal entre alcanzar la beatitud por la vía del espíritu que por la de la droga de la felicidad. Se trata de encontrar el medio adecuado. Sin embargo, el otro se encuentra ahí como el que, con su hambre, nos acusa. En realidad, hay otro, aun cuando cotidianamente tan solo percibamos su máscara, la idea que nos hacemos del otro y frente a la cual ciertamente reaccionamos, sea amablemente o no. Ahora bien, el otro, una vez se nos revela como tal, no admite un trato. Al contrario, exige nuestra respuesta incondicional. Pues el otro siempre aparece como nadie —como aquel que ha sido abandonado incluso por Dios—, en definitiva, como el muerto que reclama la entrega de nuestra alma para volver a la vida. El otro del no es mucho más que su invocación. En cuanto tal, siempre nos pro-voca desde el más allá de sí mismo. No es causal que, bíblicamente, el pobre sea la huella de Dios. La desmesura de Dios no es, por tanto, la del prodigio sobrenatural, ni tampoco la de un poder subyacente, sino la de su silencio. Es cierto que, bíblicamente, la experiencia de Dios es la de un sentirse llamado por Dios. Pero la voz de Dios —al fin y al cabo su voluntad— es la voz de los que no parecen contar para Dios. Pues Dios no es un dato, sino la falta que hizo posible nuestro estar en el mundo. En este sentido, todo es debido a Dios, a su extrema trascendencia, tanto el don de la vida como el deber de preservarla frente a la impiedad. Dios es el invisible, no el circunstancialmente invisible. De haber otro mundo, Dios seguiría siendo un misterio. Pues el mundo es mundo, aunque sea sobrenatural, porque tiene a Dios pendiente. De ahí que, bíblicamente, tan solo los sin Dios —los que no parece que tengan un dios de su parte— sean capaces de Dios. La desgracia no obedece, por consiguiente, a nuestra ignorancia, al hecho de nos saber en qué enchufe poner los dedos, sino a la radical alteridad de Dios. La desgracia, pero también el don. La vida y el horror se nos dan, como atestigua la historia de Job, desde la des-aparición de Dios. La trascendencia de Dios no es, ciertamente, la de un ente espectral, sino la de un Dios que dio un paso atrás para que fuera posible el mundo. En este sentido, no es casual que el relato de la caída constituya la clave hermenéutica no solo de nuestra situación con respecto a Dios, sino también, y quizá sobre todo, de la realidad de Dios. La caída afecta tanto al hombre como a Dios. Dios, como tal, es el enteramente otro, el que, tras la caída, se quedó sin imagen en la que reconocerse y que por eso mismo, aún no es nadie sin el fiat del hombre. De ahí que de Dios tan solo tengamos un nombre —y un nombre impronunciable— cuyo referente está por ver. Desde un punto de vista bíblico, el nombre de Dios no es lo de menos. Al contrario. Dios es el Yo absoluto, el Yo que tiene pendiente su quien. Pero del mismo modo que el hombre es ese espectro que vaga por el mundo ignorando de quien es imagen. En consecuencia, el creyente no es alguien que supone que hay Dios como podemos suponer que hay vida en Marte, sino aquel que se encuentra por entero sujeto a la voluntad de Dios, al mandato que se desprende de un Dios que aún no es nadie sin el fiat del hombre y que por eso mismo clama por el hombre con la voz de los que claman por Dios. El yo creyente es el Yo de Dios. No se trata, por tanto, de disolver el yo, sino de saber —y saber en carne viva— a qué Yo nos encontramos sujetos. La pregunta por quién soy es la pregunta por quién es mi Padre. En este sentido, no debería extrañarnos que Dios se le hiciera presente a Abraham como promesa de sí mismo. Dios es el por-venir de Dios, porvenir que, como acabamos de decir, depende de la entrega incondicional del hombre, entrega que, sin embargo, tan solo podrá llevarse a cabo sin Dios mediante. Tampoco puede ser de otro modo, tratándose de un Dios que no aparece como dios. De ahí que el porvenir de Dios se encuentre ligado al del hombre. Y viceversa. El dogma de la Encarnación no pretende decirnos otra cosa. Pues un Dios que tiene pendiente su quien es un Dios que va en busca del hombre, no como fantasma bueno, sino como el Padre impotente que necesita de la respuesta del Hijo para llegar a ser el que es. Como arrojados a la existencia nos encontramos referidos a un Tú absoluto —un Tú que invoca al hombre— cuyo vacío o falta de entidad intentamos colmar con nuestras imágenes de Dios, las cuales, y por eso mismo, no dejan de ser una proyección del dios que quisiéramos ser. En este sentido, Jesús no representa a Dios como Adriana Lima pueda representar una belleza canónica, sino que es Dios o, mejor dicho, el quien de Dios. Fray Marcos entiende la Encarnación como ejemplificación. Como si Jesús participase, se supone que en grado sumo, de una bondad paradigmática. Pero no es esto lo que confesamos cristianamente. El Padre aún no ha llegado a ser el que es antes de la entrega incondicional del Hijo. Pero del mismo modo que el Hijo aún no llega a ser el que es sin la bendición del Padre. Cristianamente, Dios es —se hace presente— en la reconciliación entre el Padre y el Hijo, la cual tuvo lugar en la cima del Gólgota. De ahí que, a partir de entonces, los hombres nos encontremos bajo el espíritu de la reconciliacion que es Dios. Sin embargo, la última sílaba de la última palabra aún está por pronunciar. Pues el hombre puede rechazar la oferta de Dios. Es lo que tiene un Dios que se pone en manos de los hombres para llegar a ser el que es y, así, poder redimir a los hombres de su estar en manos de la muerte. Por eso, cristianamente, no podemos prescindir de la Historia de la Salvación como Historia de Dios. Dicha Historia es el antimito por excelencia. Si no nos lo parece es porque seguimos entendiéndola desde el deus ex machina de la religión y no desde un Dios que aún no es nadie sin la fidelidad del hombre. No tener en cuenta que la experiencia de Dios es indisociable de su Historia, y en último término de su iniciativa, supone hacer de Dios un algo, aunque sea fundamental o subyacente, el cual sería en cualquier caso objeto de saber, pero en modo alguno aquel que nos invoca. Fray Marcos rechaza, por espurias, las imágnes antropomórficas de Dios. Y algo de razón tiene, sobre todo cuando dichas imágenes apuntan al espectro que el homo religiosus puede admitir como Dios. Pero no deberíamos olvidar que la única imagen del Dios invisible es, precisamente, la de un hombre colgando de un madero como si fuera un perro. En su crítica al imaginario religioso, Fray Marcos olvida que el repudio de la superstición —de un Dios a nuestra imagen y semejanza— fue bíblico antes que moderno. La cuestion bíblica es quién es nuestro Señor y no de qué poder depende nuestra plenitud, como si la cuestión espiritual fuera en definitiva una cuestión alimenticia. Y bíblicamente ya sabemos cuál es la respuesta. Si Dios es el Señor, el pobre —el sin Dios— es nuestro Señor. La indigencia del hombre es el correlato de la indigencia de Dios. Aún así, tampoco está todo dicho con respecto a Dios. Pues, a pesar de la entrega de Dios, sigue habiendo algo irreparable en la existencia. Y lo irreparable, lo que no está en manos del hombre, es lo que plantea la cuestión mesiánica, a saber, qué vida pueden esperar quienes murieron injustamente antes de tiempo. Fray Marcos no parece tenerla en cuenta. Pero cualquier solución que no responda al clamor de las víctimas del pasado es una solución bastarda. Puede que Fray Marcos crea que ya nos encontraremos en el más allá. Ahora bien, no parece que sea esta la esperanza bíblica. Si el mundo fuera tan solo un lugar en el que purgar nuestras almas, entonces la Encarnación no tendría sentido, y Dios seguiría siendo el dios de la cosmovisión religiosa, permaneciendo en los cielos a la espera de la purificación del hombre. La fe es inseparable de la esperanza. Y la esperanza creyente es que las víctimas de la Historia pueda vivir la vida que les fue arrebatada y no una vida de espectros, ni por supuesto la de las olas en el mar. Ciertamente, estamos ante algo tan increíble como cierto. Pero la certeza de la esperanza creyente es la de un deber ser en nombre de Dios, aun cuando no podamos concebirlo. Con respecto a la última verdad de Dios seguimos sin saber y, por eso mismo, en sus manos.

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