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abril 8, 2018 Comentarios desactivados en subjectum

Quien no se plantea las preguntas últimas —quien cree que todo se reduce a cuanto es comestible— no podrá si quiera comprender los grandes textos que se enfrentan a ellas, el legado de quienes nos precedieron. Será, literalmente, un inculto, alguien incapaz de cultivarse a sí mismo —o, mejor dicho, de dejarse cultivar—. Y un inculto no deja de ser un idiotés, alguien que cree ingénuamente que el mundo comienza (y termina) con él. Un idiotés desprecia la herencia que ignora. La pedagogía hipermoderna —incluyendo aquí la de ciertas catequesis cristianas— se equivoca donde olvida que es el discípulo el que debe acercarse al maestro y no al revés (aun cuando, sin duda, el maestro deba tener en cuenta dónde se halla el discípulo). Todo aprendizaje comienza cuestionando la autosatisfacción de la infancia, si es que la hubo. No hay maestro que no sea un pro-vocador, aunque no solo un provocador. Pues, si la provocación del maestro no nos seduce de algún modo, entonces no hay maestría que valga. Como viera Platón, difícilmente podemos elevarnos, si no contamos con el apoyo de eros. De ahí que donde el maestro es reducido a mero instructor de procesos de aprendizaje autónomos, condenamos a nuestros hijos a una existencia sin densidad y, por consiguiente, sometida al dictado de lo impersonal.

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