acerca de lo que hay (2)

mayo 4, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (2)

¿Qué hay? Pues cuanto podemos ver y tocar. De acuerdo. Esto es lo que decimos como quien no quiere la cosa. Y en cierto modo es así. Nadie pondría en duda, pongamos por caso, que hay efectivamente focas o dinero. Así, cuando vemos un billete de cincuenta euros no vemos tan solo un trozo de papel al que, convencionalmente, le damos importancia. Directamente vemos dinero (o las cosas que podemos obtener a cambio). Hay dinero porque lo podemos ver y tocar. Incluso algunos son capaces de olerlo. Sin embargo, supongamos que en el futuro hubiéramos regresado al trueque, que viviéramos de compartir lo que, de hecho, nos sobra. ¿Cómo verían los hombres y mujeres de la nueva cultura nuestra relación con el dinero? Probablemente, como nosotros vemos la relación que mantenían los antiguos con los dioses: como una relación supersticiosa. Pues para nosotros, es evidente que el homo religiosus de la Antigüedad se equivocaba al creer que la erupción de un volcán, pongamos por caso, era la manifestación de la ira divina. Una erupción volcánica no es mas que una erupción volcánica. Del mismo modo, los hombres y mujeres de nuestro hipotético futuro entenderían espontáneamente que nosotros andábamos equivocados al creer que ciertos papelitos tenían poderes especiales. Para ellos, de hecho, no pueden ser otra cosa que papel. Y algo de razón tendrían. Nos pasamos media vida intentando acumular cuantos más, mejor. Fácilmente damos por descontado que el dinero da la felicidad o que al menos la facilita. Por dinero somos capaces de hacer casi cualquier cosa. El dinero doblega la voluntad de la mayoría de los hombres… En nuestro mundo, el dinero posee, sin duda, el aura de lo divino. El megamillonario tiene el poder de un dios. Esto es lo que creemos. Y porque lo creemos así, lo vemos así. Ahora bien, es innegable que, a pesar de lo dicho, para los hombres y mujeres de nuestro experimento mental, nunca ha habido dinero en realidad, sino una falsa creencia en su valor (al igual que espontáneamente nos decimos a nosotros mismos que nunca han habido dioses, sino en cualquier caso una falsa creencia en dioses). La pregunta es quién tiene razón —quién está más cerca de la verdad de los hechos—.

Ciertamente, podemos entender la manera de ver las cosas de quienes forman parte de un mundo sin dinero. Pero no podemos verlas como ellos. Y esto es importante subrayarlo: no todo lo que podamos entender podemos incorporarlo, literalmente, como visión. Para nosotros es indiscutible que hay dinero. No estamos equivocados cuando vemos un trozo de papel como dinero. Y si podemos decir que hay dinero y no tan solo una falsa creencia es porque lo que hay no depende solo de lo que haya ahí afuera, por decirlo así. Depende también de cómo lo vemos, esto es, de los presupuestos desde los que se determina una visión del mundo. Nadie ve nada con solo abrir los ojos. Nadie ve nada sin comprender, al menos hasta cierto punto, qué está viendo. No hay visión que no incorpore un cierto saber —no hay visión que no se integre en el marco de una cosmovisión—. Toda visión de las cosas que nos traemos entre manos posee una carga teórica, por emplear el término de NR Hanson. Con otras palabras, la interpretación —el de qué se trata— va con la visión. Las cosas que vemos no las vemos aisladamente, sino dentro de un contexto. Las cosas son lo que son en tanto que forman parte de un mundo. Dentro del mundo, todo está conectado. Una cosa remite a otra (y por eso podemos hablar de mundo; un mundo no es un saco). Así, cuando vemos, pongamos por caso, un martillo, vemos para qué sirve o cómo podría ser utilizado. Mejor dicho, cuando vemos un martillo, vemos también un clavo. De ahí que los hombres y mujeres de nuestro futuro imaginario no puedan ver como dinero lo que para ellos no es más que un trozo de papel. En su mundo, sencillamente, no hay dinero. Pero al igual que para nosotros es innegable que el dinero es más que un trozo de papel. Los del mundo futuro no están equivocados al creer que el dinero no es más que un trozo de papel. Se equivocan al creer espontáneamente que nunca lo hubo. Que nuestra relación con el dinero es una superstición. No lo es. Como no lo es nuestra relación con un martillo. De entrada, nosotros vemos un trozo de papel como dinero, no como si fuera dinero. Para nosotros, la interpretación de un trozo de papel como dinero se encuentra enquistada en la visión. Sin embargo, para ellos nuestra interpretación queda fuera de su visión, como si nosotros añadiéramos un valor a lo que, en sí mismo, no es más que trozo de papel. Nuestro ver como es para ellos, y no puede ser de otro modo, un ver como si. No pueden ver lo que nosotros vemos sencillamente porque su mundo no es el nuestro (y vicerversa). De ahí que entiendan nuestra relación con el dinero como si creyéramos, falsamente, que ciertos trozos de papel poseen un valor que como tales no tienen. Pero, como decíamos, nosotros no creemos que el dinero tenga valor porque así lo supongamos después de ver un trozo de papel. De entrada, vemos dinero, un trozo de papel como dinero. En cualquier caso, ellos no están más cerca de la verdad que nosotros.

Por consiguiente, no podemos responder a la pregunta acerca de lo que hay con independencia del mundo del que formamos parte. Esto es, no hay una posición privilegiada desde la que podamos ver qué son las cosas en sí mismas, al margen de nuestra comprensión. O por decirlo a lo bruto, no hay, literalmente, teoría. Como es sabido la palabra teoría, del griego θεωρία, apunta a la visión imparcial de una divinidad que contempla los asuntos humanos desde las gradas del espectador, es decir, imparcialmente, tal y como son en sí mismos, al margen de lo que nos puedan parecer. Ahora bien, no hay gradas desde las que, como un dios omnisciente, podamos desembarazarnos del velo de las apariencias, de los prejuicios desde los que se determina lo que nos parece que es como lo que es. Siempre vemos lo vemos desde el mundo al que pertenecemos. En cualquier caso, hay visiones que, al estar fuera del mundo que observan, parecen objetivas y, por eso mismo, pueden pasar como teorías. Sin embargo, no dejan de ser visiones particulares que colocamos en el lugar de las que tienen aquellos que pertenecen al mundo que observamos desde fuera, mejor dicho, desde otro mundo. Como subrayábamos antes, los hombres y mujeres de un hipotético mundo sin dinero no están más cerca de la verdad de los hechos cuando sostienen que nunca hubo en realidad dinero, sino tan solo una falsa creencia en su valor; que el dinero no es más que un trozo de papel. O al menos no están más cerca que nosotros. De hecho, acaso la única teoría posible sea la matemática. Pero la matemática, estrictamente, no es una visión. Nada humano sobrevive en la concepción matemática del mundo. En el mundo de la matemática —en la descripción matemática del mundo— tan solo hay estructuras, nadie que pueda ver algo como algo determinado.

Llegados a este punto alguien podría objetarnos que no siempre que nos encontramos ante algo sabemos de qué se trata. No sería la primera vez que topamos con algo que no sabemos qué es, aun cuando, ciertamente, podamos decir que es. Aquí da la impresión que baste con abrir los ojos para constatar la presencia de un algo. Por tanto, no parece que podamos sostener que no hay visión que no posea una carga teórica. Es verdad que cuando topamos con algo que no sabemos qué es lo primero que hacemos es intentar relacionarlo con lo que ya sabemos. Así, la primera vez que los comanches vieron un tren desplazarse por las llanuras de su territorio creyeron ver un caballo de hierro. La metáfora es el modo espontáneo de intentar comprender lo que, de entrada, no sabemos qué es. Pero puede darse el caso de que no encontremos la metáfora adecuada, que la cosa siga siendo un misterio. Sin embargo, no es cierto que en la visión de la cosa como un simple algo-otro-ahí no hayan presupuestos teóricos o conceptuales. Sin duda, lo que no hay son los presupuestos culturales que determinan una cosmovisión como tal. Pero de aquí no se sigue que no haya presupuesto alguno. De hecho, lo que damos por descontado cuando vemos cualquier cosa, incluso en el caso de que inicialmente no sepamos de qué se trata, es precisamente que se trata de algo que se encuentra fuera de nuestra mente. Esta es la creencia implícita que determina una visión como tal. No basta con abrir los ojos, por decirlo así, ni siquiera donde topamos con algo que no sabemos qué es, para ver algo como algo. Siempre que vemos algo lo vemos como algo-otro-ahí. Es lo que suponemos naturalmente cuando vemos lo que vemos. De ahí que estemos ante un presupuesto racional, el presupuesto que compartimos todos los que tenemos una mente por el mero hecho de tenerla. Si nuestra mente se estropeara, tendríamos sensaciones visuales, pero no veríamos nada. De hecho, los animales no ven nada, pues son incapaces de reconocer algo-otro-ahí en lo que ven. Reaccionan, ciertamente, ante los estímulos visuales que son capaces de procesar, pero estrictamente no ven nada. Ver es reconocer que cuanto vemos se encuentra de algún modo frente a nosotros. Y este reconocimiento se sostiene sobre lo que nuestra razón da por descontado, en última instancia, sobre el hecho de poder reconocernos como un yo. Pues si hay un yo, hay un afuera. Incluso nuestro cuerpo está, en cierto sentido, frente a nosotros. De lo contrario, ni siquiera podríamos intentar mejorar nuestro aspecto.

Ahora bien, precisamente porque se trata de una creencia que va con la visión —porque, aunque implícita, no deja de ser una creencia, un suponer que—, siempre cabe ponerla en cuestión. Esto es, de hecho, lo que hizo Descartes cuando se preguntó si podíamos estar absolutamente seguros de que hay un mundo exterior que se corresponda, al menos hasta cierto punto, con lo que vemos y tocamos. La pregunta, aun cuando sea poco razonable, tiene su qué, pues desde el punto de vista de la mera sensibilidad no hay diferencia entre el mundo real y uno virtual. En principio, cabe la posibilidad de que estemos dentro de una inmensa alucinación. Sin embargo, lo que no comprendió Descartes es que si hay mundo, no es porque lo veamos, sino porque en lo que vemos el carácter otro de lo real da un paso atrás, desaparece por decirlo así, en su mostrarse a una sensibilidad, en su aparecer o hacerse presente. Pero de esto hablamos en las próximas entregas.

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