el error de Descartes

junio 8, 2018 Comentarios desactivados en el error de Descartes

La modernidad filosófica, la que sitúa al sujeto en el centro de la experiencia del mundo, se sostiene sobre una falacia o, por decirlo suavemente, sobre un olvido fundamental. Como es sabido, el escándalo epistemológico de la Modernidad es el de no poder demostrar, al margen del logro de Descartes, la existencia de un mundo exterior a la conciencia. Desde el punto de vista de la sensibilidad, no hay diferencia entre el mundo real y el virtual. La sospecha escéptica —la posibilidad de que habitemos en una inmensa alucinación— es el leitmotiv de las teorías modernas de conocimiento. Sin embargo, si la sospecha, en vez del asombro, constituye la actitud moderna par excellence es porque, a la hora de preguntarnos por la verdad, partimos de la representación, del contenido mental, de lo que nos parece que es. Y desde el sueño no hay modo de salir del sueño, al igual que no podemos salir del agua a la manera del barón de Münchausen, tirando del propio cabello. Ni siquiera donde nos preguntamos, como hizo Descartes, por aquella idea que ni siquiera podríamos concebir a menos que existiera aquello a lo que apunta la idea. El argumento de Descartes que demuestra la existencia de Dios, en tanto que se sirve de una razón cuya lógica sigue siendo lineal, solo retóricamente sortea la objeción a la racionalidad que el mismo Descartes planteó en el ejercicio de la duda metódica, a saber, que lo necesario desde un punto de vista lógico no tiene por qué ser el criterio de lo verdadero. Al fin y al cabo, cualquier salida del sueño, incluyendo el racional, podría formar parte del mismo. El error de Descartes fue, precisamente, no tener en cuenta el carácter ambivalente de la apariencia, en última instancia, su naturaleza dialéctica. Pues, si algo aparece o se muestra a una sensibilidad es porque, en su ser-algo-enteramente-otro, no se muestra. Esto es, hay realidad —hay algo otro-ahí—, aun cuando estuviéramos dentro de un sueño eterno. Si hay cosas que ver es porque el en sí es eternamente invisible, mejor dicho, porque retrocede en su aparecer. El en sí es la falta que hace posible un mundo. De hecho, no es casual que para los antiguos, con Platón a la cabeza, el mundo de las apariencias, el que habitamos, sea en el fondo un mundo ilusorio. No hay que suponer que quizá podríamos estar dentro de un sueño. Ya lo estamos por defecto. Y lo estamos porque lo real avant la lettre, trasciende cuanto podamos ver y tocar. Donde olvidamos que el retroceso de lo absoluto es la condición de cuanto aparece —donde de entrada creemos que no nos encontramos expuestos a la naturaleza inasible de lo real, sino a nuestras representaciones del mundo—, el en sí necesariamente termina siendo pensado como un constructo de la mente, como la ficción útil de un mecanismo cerebral. Y es que no hay alteridad que valga para quien sostiene que esse est percipi. Pues no es lo mismo que lo primero sea el ver que el ser visto —el decir que el ser dicho, el juzgar que el ser juzgado—.

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