las biografías que hay detrás

junio 12, 2018 Comentarios desactivados en las biografías que hay detrás

Las fórmulas del credo cristiano no son descriptivas. No pretenden decirnos, pongamos por caso, que el Hijo fue engendrado, que no creado, como nosotros podemos decir que la nieve es blanca. De hecho, son fórmulas contrafácticas, que como tales exigen poder distinguir entre lo que en realidad acontece o tiene lugar y lo que tan solo sucede. Cuando menos porque donde todo pasa, nada acaba de tener lugar. En último término, el credo cristiano no deja de ser un texto polémico, esto es, un texto cuya inteligibilidad depende de contra qué (o contra quién) se afirma. Difícilmente entenderemos el credo, si no tenemos en cuenta que se dirige a una noción espontánea de Dios, aquella según la cual Dios permanece en la dimensión desconocida de la existencia a la espera de la conexión espiritual del hombre. Las concepciones espontáneas de Dios son las que tenemos desde nuestro lado. De ahí que, por poco lúcidos que seamos, lleguemos fácilmente a la conclusión de que las religiones son diferentes modos de ver lo mismo. Pero el credo se escribe, por decirlo así, desde el lado de Dios —desde su iniciativa—. Y desde el lado de Dios, las religiones, esos intentos por alcanzar a Dios, son vanas (aunque también sea cierto que el espíritu sopla por donde le da la gana, por decirlo en castizo). Dios no es el denominador común del fenómeno religioso. Sencillamente, Jesús de Nazareth es el quien de Dios, no meramente su representante (o, si se prefiere, uno de tantos), ni, por supuesto, un dios paseándose por la tierra con la máscara del hombre. De hecho, las herejías cristianas responden al intento de reconducir al redil religioso el contenido de la revelación. Pues la tesis cristiana es demoledora para quien sepa qué significa originariamente la palabra Dios. Por decirlo en breve, Dios no quiso ser sin el hombre. Cristianamente hablando, no hay Dios al margen de su identificación con aquel que fue crucificado como un apestado de Dios. Dios en sí mismo no es más, aunque tampoco menos, que esa alteridad —ese Yo sin rostro— que, tras la caída, clama por el hombre desde un tiempo anterior a los tiempos, desde un pasado mítico, inmemorial. Con anterioridad a la cruz, Dios tenía pendiente su quien. Dios no es sin el fiat del hombre, fiat que solo puede pronunciar en ausencia de Dios. Pero al igual que el hombre ignora quién es mientras no sepa a quién pertenece. Desde esta óptica, la iniciativa de Dios —y no hay fe donde nos resisitimos a hablar de dicha iniciativa— debe comprenderse, no como la de un deus ex machina, sino como la de un Dios que se ofrece como aquel que cae en manos del hombre desde su no ser aún nadie —desde su clamor o debilidad—. Por consiguiente, nos equivocaríamos donde nos preguntáramos qué hechos podrían confirmar las fórmulas de la fe. Detrás de las mismas siempre hay una historia, y una historia de carne y hueso en la que la noción espontáneamente religiosa de Dios salta por los aires. No casualmente el credo es un texto confesional. Como tampoco es casual que los evangelios sean, al fin y al cabo, una biografía. Dios se hace presente —y solo se hace presente— como hombre de Dios. Tal cual. De ahí que en el cuarto evangelio la historia de Jesús de Nazareth se nos muestre como la historia misma de Dios. Por consiguiente, la pregunta no es qué hechos podrían confirmar las declaraciones de credo cristiano. Más bien, la pregunta hay que dirigírsela al testigo: cómo has llegado a confesar lo que confiesas. Aunque sepamos que su respuesta en cualquier caso comenzará diciendo había una vez un hombre que

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