con uno basta

junio 22, 2018 Comentarios desactivados en con uno basta

Hay algo de muy profundo en la idea judía de que la humanidad puede evitar su exterminio por la existencia de un solo hombre justo (y el cristianismo añadirá por el sacrificio). Al menos, el episodio de Sodoma y Gomorra así nos lo da a entender. Como es sabido, Abraham negocia con Yavhé la posibilidad de salvar la ciudad de la ira de Dios. La carta que juega Abraham es la del chantaje emocional: al menos apiádate de los pocos hombres buenos que pueda haber, aquellos que aún son fieles a tu voluntad. Sin embargo, la solución de Yavhé es apartar a los justos. Como si Dios no pudiera evitar juzgarnos. Ciertamente, donde no experimentamos el temor de Dios —y el temor de Dios, bíblicamente, se expresa como el temor a una condena— difícilmente llegaremos a creer que estamos en manos del insobornablemente otro, el que es, aunque en el modo de un por-venir. Y esto es así, aun cuando entendamos la ira de Dios —lo que probablemente sea lo más pertinente— no ya como la acción de un deus ex machina, sino como el efecto inmediato de la decisión del hombre de seguir confiando tan solo en su posibilidad. Sencillamente, quien no quiere saber nada del otro —quien únicamente se contenta con su imagen— se condena a sí mismo. En este sentido, condenarse sería negarse a la posibilidad a de que el otro interrumpiera nuestra existencia, haciéndola saltar por los aires. Y es que no estamos ante nadie verdaderamente otro, donde nuestra existencia no es sacada de quicio por su aparición. De ahí que pudiéramos preguntarnos, habiendo reducido la bondad de Dios a la de un abuelito espectral, si acaso aún es posible la fe. Si acaso quienes dicen creer, no creeran más bien que creen. En cualquier caso, la convicción bíblica nos recuerda a lo que Slavoj Zizek suele decir a propósito de algunos testimonios del Holocausto. Así, quienes vivieron para contarlo, decían que la mayoría podía dedicarse a la dura tarea de sobrevivir, lo cual implicaba aprovecharse de los más débiles…, siempre y cuando hubiera en el barracón algún hombre bueno. En el momento que moría, todo se desmoronaba. Literalmente, acontecía la catástrofe, el cielo se derrumbaba sobre sus cabezas. Es entonces que Auschwitz terminaba siendo el infierno que inicialmente prometía ser. Como si Satán hubiera ganado la partida y la bondad fuese tan solo una ilusión. De ahí que la cuestión espiritual por excelencia sea quién pronunciará la última palabra, si el Mesías o Satán. Y me atrevería a decir que la vida del espíritu comienza donde nos enfrentamos seriamente a las apariencias, esto es, al hecho de que no parece que sea el Mesías quien tenga las de ganar.

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