sobre la fina cuerda del funambulista

julio 16, 2018 Comentarios desactivados en sobre la fina cuerda del funambulista

Todo logro entraña un coste. Pues el mundo está hecho de la pugna de contrarios. Donde uno gana, el otro pierde. Quien está familiarizado con los instrumentos de cuerda sabe que timbre y aire son inversamente proporcionales. Que cuanto mayor sea la sonoridad tímbrica, más difícil será que las notas vuelen. Y viceversa. De ahí que los antiguos griegos dijeran que todo es en el equilibro. Que donde hay desproporción, algo falta y nada termina de ser. Que donde no hay equilibrio, todo queda engullido por el paso de los días, por la violencia del tiempo histórico. Hay tiempo porque lo olvidado reclama su deerecho a la venganza. En el equilibrio, el mundo roza la eternidad. Pero el equilibrio, al menos en los asuntos humanos, requiere arte, en realidad mucho arte, hasta el punto de olvidar cómo lo hemos alcanzado. Un virtuoso del violín, por ejemplo, sabe, ciertamente, cómo desplazar los dedos sobre las cuerdas. Pero si le preguntáramos de qué forma consigue mantenerse en la delgada línea roja de la excelencia, no sabría qué decirnos. El virtuoso posee un conocimiento tácito, adquirido no sin una fuerte disciplina. Un conocimiento o saber hacer que desaparecería en el momento que intentara tocar el violín siendo al mismo tiempo perfectamente consciente de la justa presión que sus dedos aplican sobre las cuerdas. Aquí no hay, por tanto, ingeniería que valga. Por eso la pedagogía encuentra su límite en el salto que va de lo correcto a lo admirable. Como si el virtuoso hubiera sido adoptado por un daimon. El hallazgo socrático, el cuidado del alma, no consistió en otra cosa que en aplicar el ideal del dominio de una práctica a uno mismo. Desde esta óptica, el cuerpo sería como el instrumento con el que poder hacer lo que uno quiere, lo cual no coincide, sin embargo, con lo que uno desea. Pues un deseo no deja de ser un implante o un picor. En realidad, uno no puede querer lo que le apetezca, sino lo que exige ser amado, esto es, perseguido. Y hacen falta unas buenas dosis de sabiduría para distinguir entre lo que merece ser buscado y lo que tan solo podemos desear o preferir. Por eso quizá no esté de más situarnos de vez en cuando en la perspectiva de aquel al que le queda poco tiempo de vida. Pues de lo contrario difícilmente llegaremos a diferenciar entre lo que importa y lo que no. Y donde no somos capaces de separar lo que importa de lo que no, seguimos siendo unos esclavos de nuestra circunstancia como los prisioneros del fondo de la caverna platónica. Aunque nos creamos libres porque podemos decantarnos por aquello que nos apetece.

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