la sospecha

julio 22, 2018 Comentarios desactivados en la sospecha

La actitud fundamental de quien vuelve sobre sí mismo no es tanto la del asombro como la de la sospecha. Quizá las cosas no sean tal y como nos parece que son. El sujeto de la reflexión habita en la extrañeza de sí y por eso mismo se sitúa a una cierta distancia de sus creencias y sentimientos más espontáneos. De ahí que el filósofo —el sujeto de la sospecha— , en tanto que espectador de sí mismo, nunca termine de encontrarse por entero en donde está. Como si fuera un dios. O un actor que se toma más o menos en serio su papel. El problema es que para quien vive a una cierta distancia de sí no hay otra alteridad que la perdida. Pues si las creencias o sensaciones sobre cuanto le rodea son, por defecto, puestas contra las cuerdas, entonces no hay puerta emocional por la que el otro pueda entrar. No hay modo de superar desde una existencia en suspenso el hiato que media entre las apariencias y el otro como tal. La alternativa es, por tanto, o vivir por encima de cuanto nos sucede, lo cual puede ser entendido como una especie de libertad interior, o seguir presos de la inmediatez. Esto es, o soledad, o rebaño. A menos que entendamos bíblicamente que la alteridad no se manifiesta como un chute de sensaciones, sino como la voz que nos juzga desde un pasado inmemorial. Pues nacemos con la demanda sobre la espalda, cuando menos porque existir supone haber tenido que matar al otro. Quizá tuviera razón Leibniz al imaginar nuestro mundo como un mundo poblado de mónadas.

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