Marx para dummies

agosto 1, 2018 Comentarios desactivados en Marx para dummies

Quizá podríamos simplicar la oposición entre el neoliberalismo y la izquierda tradicional diciendo que para el primero la política es sierva de la economía (como la psique lo pueda ser del cuerpo), mientras que para la segunda la relaciones económicas, en el fondo, expresan relaciones de poder. De ahí que para la izquierda tradicional la política tenga que primar sobre la economía. Según el neoliberal, donde la economía encuentra sus límites en las líneas rojas de un política de izquierdas, perdemos en libertad. Desde su óptica, una política que no se limite a preservar los acuerdos económicos, termina por eso mismo ahogando la economía. En cambio, según la izquierda, donde el capital campa a sus anchas, cada vez tendremos a más hombres y mujeres que no cuentan. Aquí no se trata de cercenar la libertad, sino de ver que no hay libertad que valga para aquellos que apenas ganan setecientos euros al mes. La transacción, pongamos por caso, entre un hombre y una mujer que ha tenido que prostituirse no es precisamente un acuerdo libre. La izquierda tradicional, sencillamente, es más consciente de que se trata de domar la bestia. Y domar no es ahogar, aunque en la política del día a día no sea fácil establecer la frontera. El neoliberal se ocupa solo de saber cómo funciona una economía. La izquierda tradicional, en cambio, parte de la pregunta acerca de qué es una economía. Ahora bien, estamos ante posiciones teóricas y cómo tales debemos preguntarnos cuál de ellas está en lo cierto, aunque a la vista de la Historia no da la impresión de que podamos prescindir del asunto del poder como un asunto fundamental. Por eso no estaría de más revisar la denostada teoría marxista del valor. Pues está en juego de qué hablamos cuando hablamos de economía. O es cierto, a pesar de los vaivenes de la economía, que cada vez hay menos pobres, debido precisamente al libre mercado; o es cierto que el valor no es igual al precio, esto es, que el precio no refleja tan solo las tensiones entre oferta y demanda, sino que expresa, sobre todo, una apropiación indebida del valor creado por el trabajo. Ciertamente, cada vez hay menos trabajo en los sectores primario y secundario, y el que hay es un trabajo que aporta poco valor añadido. Por eso mismo, no parece que podamos seguir recurriendo a la teoría del valor-trabajo a la hora de pensar la economía en su conjunto. Ahora bien, es posible que debido a esto último las predicciones de Marx no estuvieran tan desacertadas. Pues nos dirijimos hacia un mundo en donde unos pocos seguirán dentro de la economía —aquellos que puedan aportar el valor añadido de un conocimiento especializado—, mientras que el resto permanecerá en los márgenes a la espera de que les caigan algunas migajas. No parece sensato que podamos volver a una economía centralizada. Pero algo habrá qué hacer. La pregunta es quién será el sujeto de la transformación, teniendo en cuanta que la conciencia de clase se ha disuelto como azúcar en el café. Pues el capitalismo ha logrado convencernos de que incluso el repartidor de pizzas o la dependienta de Zara es alguien que puede ser feliz con un iphone.

 

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