K.

agosto 21, 2018 Comentarios desactivados en K.

Kafka siempre anduvo entre la Escila del desprecio del padre y la Caribdis de la impenetrabilidad de Dios. Siendo judío como era, no salió indemne. Es difícil no empatizar con su continua fustigación de sí mismo. Algo nos dirá acerca de quienes somos. Ahora bien, es posible que su prosa nos revele en mayor medida el terrible secreto de Dios, a saber, que su altura es la otra cara de su menosprecio. Y quizá esto ande más cerca del significado originario de la palabra Dios que la convicción de que Dios es algo así como el amigo invisible de la infancia. No podemos evitar la conclusión de que la relación que podamos tener con nuestro padre marca qué o quién pueda ser Dios. De ahí que en una época donde ya no hay padres, sino en cualquier caso progenitores, no haya Dios que valga. Que su lugar lo haya ocupado, para quienes aún poseen una cierta sensibilidad por el misterio, una matriz, un océano. Que nuestro horizonte no sea el de morir como culpable, acaso la fantasía más oscura de Kafka, sino el de disolvernos en el mar como figuras de sal. No sé hasta qué punto se trata de una buena noticia. Aunque tampoco es que sea preferible la solución kafkiana. No es casual que nos sintamos liberados donde descubrimos que Dios tiene los pies de barro, acaso el descubrimiento par excellence del cristianismo. Un padre no es nadie sin el hijo. Y también a la inversa. Aun cuando esto último sea lo que dejamos fácilmente a un lado, una vez alcanzamos la mayoría de edad.

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