Duchamp como metáfora

agosto 31, 2018 Comentarios desactivados en Duchamp como metáfora

O lo sagrado quema (y, por consiguiente, no debemos aproximarnos). O porque se nos prohibió aproximarnos creemos que es sagrado. Basta este dilema para entender, aunque sea a grandes trazos, por donde pasa la diferencia entre nuestros tiempos y los antiguos. O el valor está en la cosa o en nosotros, proyectándolo sobre la cosa. Y quien dice valor, dice cuanto es en verdad. La modernidad podríamos definirla como la época en la que el hombre no sale de sí mismo o, por decirlo a la antigua, aquella en la que no cabe, al menos con respecto a nuestras valoraciones, ir más allá de cuanto nos parece que es bueno o malo. En este sentido, los tiempos modernos estarían poblados de mónadas. La fuente de Duchamp es bella no porque en sí misma lo sea, sino porque, debido al protocolo de una sala de exposición, se nos impide usarla. Noli me tangere. La moraleja es que no hay belleza que representar. Que la belleza y, por extensión lo sagrado o el valor, depende de cuál sea la línea roja que, dentro de una cultura, separa los dominios de lo útil de cuanto es preservado del trato o la manipulación. No es casual que en el capitalismo todo lo sólido se desvanezca en el aire. Que no haya nada realmente sagrado, sino en cualquier caso vestigios de lo sagrado, a saber, aquellos que son almacenados en esas tumbas que son los museos de arte. En este sentido, el museo sería algo así como el templo en el que habita, no ya la divinidad, sino su cadáver, el lugar en el que podemos convencernos a nosotros mismos de que aún conservamos una cierta sensibilidad por lo intocable. En los museos, el dios es preservado en formol. Sin embargo, no me atrevería a decir que nuestros tiempos estén por eso mismo más cerca de la verdad. Podría ser que se sostuvieran sobre una enorme falacia. Pues que todo lo que vale tenga un precio no implica, lógicamente, que cuanto tenga un alto precio, posea valor. Ahora bien, lo cierto es que donde el valor no está dado de antemano —donde el tabú es una variable dependiente— tan solo contamos con los precios para indicar un posible valor. No obstante, en tanto que estamos en el mundo como los arrojados —como los que fueron arrancados de la raíz— no podemos hacer otra cosa que mentir. Inevitablemente terminamos confundiendo valor con precio o la distancia con lo sagrado. Y es que existir acaso suponga que, al menos desde nuestro lado, no podemos trascender el orden de la simulación. O por decirlo a la socrática, que nuestra relación con la verdad sea la de quienes tan solo pueden ir en su busca.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Duchamp como metáfora en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: