juicio y lenguaje

octubre 11, 2018 Comentarios desactivados en juicio y lenguaje

Al menos en lo que respecta a los asuntos humanos, todo es mezcla. O lo que viene a ser lo mismo, no hay sentimiento o acto que sea químicamente puro. Quien ama o cree amar, pongamos por caso, no puede evitar, hasta cierto punto, amarse a sí mismo. Al igual que aquello que nos atrae sin remedio, también suele provocar nuestro asco. La belleza es tan fascinante como terrible que decía Rilke. Todo cuanto se nos muestra de un determinado modo, se nos podría mostrar de otro (por no hablar de que, con el tiempo, probablemente se nos mostrará de otro modo). Depende de cómo lo veamos o, mejor dicho, desde dónde. Así, sabemos que es justo darle a cada uno lo que se merece. Pero no sabemos, aunque creamos saberlo, qué se merece cada uno. En cualquier caso, lo que se merece cada uno se determina desde el punto de vista de una sensibilidad, la cual es siempre relativa o variable. La ambigüedad es, como sabemos, la cancha —de hecho, la ciénaga— en la que se mueve el sofista, el embaucador. No da la impresión que, cuando menos en lo que respecta al valor, podamos ir más allá de lo que nos parece que es. Fácilmente, decimos que tal o cual decisión es justa porque así nos lo parece. Aunque lo que nos parece que es justo —o bueno o bello— nos parezca a su vez que es indiscutiblemente justo —o bueno o bello—. No es casual que nuestras afirmaciones sobre cuanto nos rodea sean, en definitiva, juicios o sentencias. Como si se tratara de decidir qué tenemos enfrente. Pues cuando decimos que lo nuestro es amor, pongamos por caso, no dejamos de decantarnos por uno de los elementos del compuesto. Al hablar hacemos como el prestigitador: desviar la mirada del público, desplazarla fuera de lo que sucede al mismo tiempo. Por tanto, al decir lo nuestro es amor es como decir debe serlo (y esto es lo que defendería Platón) o también, prefiero que no sea lo que de algún modo también es (que es lo que nos diríamos como modernos). Nada nunca por entero. Todo en cierta medida o hasta cierto punto. La cuestión es qué pesa más de cuanto nos traemos entre manos, si es que acaso podemos llegar a saberlo. (Aunque si fuéramos judíos la cuestión sería qué terminará pesando más, o mejor, qué terminará siendo. Como si en el presente todo estuviera por decidir y no, precisamente, por nosotros.)

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