de grado

octubre 30, 2018 Comentarios desactivados en de grado

En esto tenían razón los sofistas: de entrada, todo es mezcla. Del lado de lo sentimental, no hay nada que sea químicamente puro. Lo que en un momento dado puede mostrársenos como amable, en otro se revela como repugnante. Sin embargo, uno podría perfectamente preguntarse si de salida, no hay más que ambivalencia. Israel no parece que permanezca en un estado de suspensión ante el exceso de lo real. Para el profeta no hay mezcla que valga ante el sufrimiento indecente de los hombres. Desde el lado del hombre, Auschwitz —Getsemaní— es el non plus ultra de su estar en el mundo. El hombre, desde la óptica de Israel, no es tanto el que busca a Dios, sino el que se halla ante el tener que responder a una demanda, incluso en el sentido judicial de la expresión. Quien busca a Dios no encontrará a Dios, sino a un dios a su medida. Uno topa con Dios, donde Dios interrumpe su existencia a contrapié. Y la interrumple con el lamento de los abandonados de Dios. Tan solo su acusación nos saca del quicio del hogar —tan solo esta nos convierte en espirituales. La cuestión es qué o, mejor dicho, quién decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Como si la alteridad —el carácter enteramente otro del otro— solo pudiera relevarse desde una interpelación fundamental. Con todo, la absolución está por ver. Pues no se pronuncia de nuestro lado. Hay verdad, aunque no para nosotros. La diferencia entre Sócrates y el profeta pasa, en definitiva, por la naturaleza de la verdad. O se trata de la verdad de un qué o de la de un quién. Aun cuando se trate de un quién que no es nadie con anterioridad a la respuesta del hombre. Tan solo una voz que clama en el desierto por su quien.

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