amor platónico

noviembre 1, 2018 Comentarios desactivados en amor platónico

Por amor platónico suele entenderse aquel amor cuyo objeto, sea hombre o mujer, es inalcanzable. De tan perfecto, acaso podemos fantasear con ese amor, pero de ningún modo realizarlo. Quien amamos a la platónica se encuentra más allá de lo tangible. En última instancia, no deja de ser un espectro. Incluso, si se nos pusiera a tiro, lo más probable es que no supiéramos cómo reaccionar. En este sentido, el amor platónico es un amor imposible y, por eso mismo, el único amor _verdadero_. Al menos, desde la óptica de un platonismo popular. El amor de Romeo y Julieta es eterno… porque murieron antes de tiempo. Para Platón, como sabemos, tan solo lo ideal es en realidad. La concreción siempre tiene algo de degradante. No nos imaginamos a Romeo y Julieta pasando la tarde del domingo abducidos frente a un televisor. O a Romeo criando la típica barriga cervezera. O a Julieta con rulos, mientras amamanta a un crío que no para de llorar. El tiempo es un destructor implacable. Los príncipes y las princesas también sudan (y por eso mismo terminan oliendo mal). La pregunta es si Platón está en lo cierto. Pues, desde otro punto de vista, podríamos decir que el amor platónico no deja de ser una ficción.

Ciertamente, el ideal es lo que debe ser. Pero un ideal es, como tal, irrealizable. Mejor dicho —y esto es lo que nos diría, de hecho, Platón—, el amor verdadero —el amor ideal— solo puede realizarse dejando de ser verdadero, por decirlo así. El ideal siempre da un paso atrás donde se hace cuerpo, donde literalmente se incorpora. Aunque, quizá por eso mismo, siga siendo la norma de lo sensible. En el caso de que no se concretara en modo alguno habría amor. Tan solo es lo que se hace presente. Y nada se hace presente sin dejar de ser lo que debiera. De ahí que haya verdad. Pero no para nosotros. Para nosotros, en cualquier caso, lo verdadero pasa por abrazar la falsedad del cuerpo, su imperfección, su indigencia… con la intención de rescatar los restos de belleza o, mejor dicho, de bondad que puedan sobrevivir a la encarnación de la belleza o la bondad. Quizá el cristiano se encuentre más cerca del centro de gravedad de la existencia que Platón, a pesar de los coqueteos de la cristiandad con el platonismo medio. Pues el creyente no es propiamente aquel que supone que hay Dios como podamos suponer que hay gnomos en la cara oculta de la Luna, sino aquel que abraza los restos de Dios en un cuerpo crucificado.

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