la deriva educacional (2)

noviembre 5, 2018 Comentarios desactivados en la deriva educacional (2)

En educación, ya no se lleva la cultura del esfuerzo. Según los gurús de las nuevas pedagogías, uno tiene que aprender jugando. Sin embargo, los juegos que nos motivan no son los que nos distraen, sino los que plantean un reto. Lo fácil puede entretenernos, pero en modo alguno interesarnos. Conseguir lo fácil nos satisface. Pero, tarde o temprano, terminamos despreciando lo fácil. A menos que nos hayamos convertidos en unos cretinos.

Ciertamente, la escuela debe poder motivar. Pero no hay motivación sin desafío o provocación. Y un desafío, tarde o temprano, se pone cuesta arriba. Una escuela motivadora tiene que desarrollar la musculatura mental del alumno, en definitiva, su fortaleza. Y esto significa que el alumno, frente a lo difícil —a lo que le reclama su entera atención—, debe poder decirse a sí mismo yo no me levanto de aquí hasta que no lo entienda. El maestro es capaz, sin duda, de estimular la curiosidad del discípulo. Pero de la curiosidad al interés media un paso, el cual solo cabe darlo en el contexto de una cultura del esfuerzo. La genuina motivación nace de la pasión del maestro. Y para esto, el alumno debe ser capaz de escucharle. Pitágoras exigía cinco años de silencio a sus discípulos, antes de poder hablar. Quizá no sean necesarios tantos años. Pero en cualquier caso el alumno debería poder guardarse su opinión. Su opinión no interesa. A menos que esté dispuesto a derribarla con la ayuda de quien, en prinpcio, sabe más que él. Una opinión no deja de ser el eco de lo que se dice por ahí, al fin y al cabo, un lugar común. Quien simplemente tiene una opinión es que no ha pensado lo suficiente. Del alumno, nos interesan sus preguntas. Aprender a pensar es aprender a hacerse buenas preguntas. Y esto no es nada fácil. El descrédito de la clase magistral tiene que ver con las malas clases magistrales, no con lo que es una clase magistral. A los gurús de las nuevas pedagogías no les falta razón cuando defienden un cambio estructural. Hoy en día, no es de recibo que el profesor se limite a recitar la lección frente a veinte o treinta alumnos. De hecho, nunca lo fue. Pero de ahí no se desprende que el maestro tenga que ajustarse al papel de mero instructor de aprendizajes autónomos. Nadie aprende por su cuenta y riesgo. De hecho, lo normal es tirar la toalla cuando el asunto se nos resiste. Sin duda, es preferible que le cojamos el gusto a cuanto hacemos. Pero una escuela está para que le cojamos, precisamente, el gusto a lo difícil. Y no porque sea díficil, sino porque no hay nada que merezca ser perseguido —o incluso amado— que no esté más allá de un palmo de nuestras narices. O de nuestras manos. No es casual que quienes defienden las nuevas pedagogías, por lo habitual, no tengan nada que enseñar. Al final, de nuestras escuelas saldrán periodistas, chicos y chicas capaces de montar un diario, pero sin poder escribir un artículo que valga la pena.

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