orar

diciembre 7, 2018 Comentarios desactivados en orar

Recuerdo una charla de café que tuvimos unos cuantos jesuitas y un servidor con Torres Queiruga a propósito de la oración y, en particular, sobre la oración de petición. Él defendía, y defiende como es sabido, que la oración de petición no tiene mucho sentido. Pues resulta absurdo que Dios no sepa qué nos hace falta, por decirlo así. Dios, y en esto Torres Queiruga tiene razón, no es como el ente espectral con el que podamos establecer un trato del tipo si me condeces tal o cual favor, te prometo ir a misa a diario. Pero me parece, y así se lo dije, que no podemos reducir la oración de petición a su deformación religiosa. Jesús en Getsemaní no estuvo en falso ante Dios. Al contrario. Jesús en Getsemaní no era mucho más, aunque tampoco nada menos, que su invocación de Dios. Como sabemos, los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a rezar, lo cual es, cuando menos, curioso, pues no había judío en la época que no supiera cómo hay que dirigirse a Dios. JB Metz dice que el padrenuestro es, en el fondo, un pedirle a Dios por Dios. Y es así. La pregunta es, por tanto, quién es capaz, o desde qué situación, de invocar sinceramente a Dios. No reza quien quiere, sino quien puede, o mejor dicho, quien no puede hacer mucho más que invocar a Dios por Dios. A veces digo que tan solo reza nuestro cuerpo. Pues lo que queda del hombre cuando ya apenas queda un resto de hombre es un cuerpo arrodillado. Kieslowski, el directo de cine polaco, filmó una serie dedicada a los diez mandamientos, serie que recomiendo sin duda alguna. En el primer episodio, el protagonista es un científico ateo. Su prejuicio, tan común hoy en día, es que no hay más que lo que admite un cálculo. Pues bien —atención, spoiler—, la película, de apenas una hora de duración, termina con el hombre arrodillado antes las ruinas de un templo tras la muerte, accidental, del hijo (de hecho, es una muerte que intuyes desde los primeros compases). No se trata aún de la fe, pero quizá sí de su principio. Uno invoca a Dios desde lo más profundo de sí mismo, de su soledad o abandono. Pero no es fácil alcanzar estas profundidades. Por lo común, permanecemos en la superficie de una ciega confianza en nuestra posibilidad, incluso donde creemos que esta se encuentra garantizada por una divinidad tutelar. Decía Yeshayahu Leibowitz, pensador judío, que, tras Auschwitz, muchos de los supervivientes no es que dejaran de creer en Dios, sino que propiamente dejaron de creer en la ayuda de Dios. Y algo —o mucho— de esto hay. Quizá no seamos capaces de orar. Pero, por suerte, hay quienes oran por nosotros. Si aún podemos invocar a Dios es porque hubieron quienes le invocaron —y lo siguen invocando— en los Auschwitza de la Historia. Y ahí hubo o hay de todo, menos ilusión. Es en su nombre que aún cabe dirigirse con una cierta honestidad a Dios. O por decirlo con otras palabras, orar supone, de algún modo, tener presente —hacer presente— su oración.

(En cualquier caso, y dicho desde una óptica quizá más doméstica, los momentos de silencio en los que entramos en contacto con el fondo inescrutable de la que existencia, por decirlo así, esos momentos en los que experimentamos algo semejante a un estar en paz y al mismo tiempo formando parte de la sobreabundancia de una vida que nos ha sido dada como excepción o, como suelen decir los místicos, los momentos en los que somos abrazados por el silencio, aquellos en donde todo se nos ofrece como bendición, nunca están de más. Al contrario. Con todo, quizá solo seamos capaces de rezar en este sentido cuando topamos con nuestro fracaso a la hora de pretender intimar con Dios, y como vencidos, no podemos hacer mucho más que respirar, contemplar y permanecer a la espera.)

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