del dogma cristiano

enero 12, 2019 Comentarios desactivados en del dogma cristiano

La dogmática tiene hoy en día mala fama. Es así que la palabra dogma ha llegado a ser sinónimo de inflexibilidad. Y la inflexibilidad, en la época de la tolerancia democrática, no goza ciertamente de buena prensa. Tampoco es casual, pues el origen de la palabra dogma remite no solo a lo indiscutible, sino a lo que no admite una argumentación estrictamente racional, esto es, a lo incomprobable. Sin embargo, que no podamos demostrar el dogma como podemos demostrar que la Tierra da vueltas alrededor del Sol no implica que el dogma sea arbitrario. El carácter indiscutible o fundamental del dogma remite, al menos para el caso de la dogmática cristiana, a la confesión. Y tras la confesión siempre hay una historia. El dogma no pretende otra cosa que preservar un acontecimiento fundamental y, en última instancia, el valor de un testimonio. Es como si la dogmática nos dijera de ello no vamos a discutir (aunque sin duda podamos hacerlo). Pues lo cierto es que, con el paso del tiempo, todo, incluso la verdad, pasa a ser otra cosa. Donde dejamos de tener presente la historia que hay detrás de la dogmática —esto es, donde hemos olvidado a qué situación responde—, esta pierde su carácter testimonial y, por tanto, se convierte en una serie de enunciados, cuyo valor de verdad es, cuando menos, actualmente problemático. De hecho, la dógmática cristológica, debido precisamente a su formulación paradójica, será cualquier cosa, menos inflexible. En este sentido, no es secundario que las palabras dogma y paradoja procedan de la misma raíz. Es por su carácter extraño o inicialmente incomprensible que las fórmulas de la dogmática, precisamente porque arraigan en el testimonio de aquellos que merecen nuestra confianza, nos obligan a preguntarnos quién fue Jesús de Nazareth y, por eso mismo, de quién hablamos —y no propiamente de qué— cuando hablamos de Dios. ¿Fue tan solo un hombre de Dios, un profeta que, como tantos, acabó mal? ¿O, más bien, un Dios que se paseó por la tierra con la máscara del hombre? En realidad, ni una cosa, ni otra. El dogma cristiano está ahí para evitar cualquiera de estas dos opciones, las cuales no dejan de ser acaso las respuestas más razonables a la pregunta por quién fue Jesús de Nazareth. Y es que la dogmática apunta a lo que el mundo no puede admitir como posibilidad, a saber, que un Dios se haga hombre (y no solo adopte su aspecto). Al fin y al cabo, de lo que se trata es de tener presente que estar ante Dios es lo mismo que estar ante un crucificado en su nombre. Pues, cristianamente, Dios no es aún nadie antes de su identificación con aquel que fue colgado de un madero como si fuera un perro, identificación que, sin embargo, solo fue posible porque este murió abandonándose a un Dios que no pudo hacer otra cosa que guardar silencio. Como si no hubiera Dios. El dogma, como decíamos, no tiene otro propósito que el de mantener la memoria del acontecimiento de Dios como hombre, lo cual, de por sí, tiene mucho de inaceptable para quien sepa qué significa originariamente la palabra Dios. De otro modo, el crucificado es, sencillamente, el quien de Dios (y no tan solo la ejemplificación de su esencia o modo de ser). En realidad, Dios, con anterioridad a la encarnación y como consecuencia de la caída, fue el Dios que tenía pendiente, precisamente, su modo de ser. Dios llega a ser Dios —a reconciliarse con su imagen primordial— en el centro de la Historia. Es como si la dogmática quisiera decirnos no olvides que Dios colgó de una cruz para que su perdón pudiera alcanzar a los hombres. Otro asunto es que aún quepa confesarlo. Pero esto, probablemente, tenga que ver con nosotros, con nuestra actual incapacidad para el asunto de Dios, que con la verdad. Pues la verdad no deja de ser verdadera porque haya dejado de parecérnoslo. De hecho, la dogmática cristiana es tan inflexible como pueda serlo la convicción de que, aquellos que murieron gaseados en Auschwitz, no fueron esas malas hierbas que hubo que arrancar. Y difícilmente nos atreveríamos a decir que quienes preservan la memoria de las víctimas del nazismo sean unos talibanes.

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