sospechosos habituales

febrero 2, 2019 Comentarios desactivados en sospechosos habituales

La sospecha, no el asombro, es la actitud fundamental del individuo moderno. Pero si lo pensamos bien, se instaló en el corazón del hombre desde la primera tentación: quizá Elohim no nos haya dicho la verdad. Con todo, es por la sospecha que podemos, cuando menos, distanciarnos del lugar común, de lo que se da por descontado o se cree. Hay en la sospecha un principio de libertad. Sin embargo, la sospecha no tiene por qué derivar en escepticismo. Cabe algo así como una sospecha religiosa o, si se prefiere, espiritual. Puede que en último término lo real no tenga nada que ver —o muy poco que ver— con lo que podemos encajar dentro de nuestros esquemas mentales. Una garrapata ni siquiera llega a intuir la naturaleza de la vaca a la que se adhiere con firmeza. Tan solo capta el calor de su cuerpo. Al fin y al cabo, la idea que nos hacemos de lo real puede que no sea, precisamente, de lo real. En este sentido, la sospecha nos abre al misterio, a la posibilidad de lo inconcebible. Como decía Merton, tarde o temprano caemos en la cuenta de que nos encontramos en medio de aguas que nos cubren. Ahora bien, nadie dijo que estas aguas no terminen ahogándonos. De ahí que la cuestión sea si, en definitiva, hay alguien en el más allá al que le importe nuestra existencia. Eso parece, si es verdad que el crucificado se reveló como el quien de Dios. Pero está verdad aún se encuentra pendiente de una última confirmación. Con respecto al final seguimos sin saber. Tan solo cabe esperar. Desde esta óptica, no es casual que las imágenes de la esperanza creyente sean, literalmente, increíbles. Desde nuestro lado, no es posible creer. Salvo ingenuidad o mala fe.

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