del asombro y el don

febrero 14, 2019 Comentarios desactivados en del asombro y el don

No es cierto que las cosas sean dependiendo de cómo las veamos. Sin duda, las cosas se nos muestran en relación con un punto de vista. Pero nadie dijo que todo punto de vista valiera por igual. Hay puntos de vista que nos revelan, con independencia de lo que nos pueda parecer, el carácter intocable o sacro de cuanto tenemos enfrente. Así, no es lo mismo ver las cosas desde los ojos del propio interés —como esos cuerpos más o menos aprovechables— que desde la mirada del asombro. En el primer caso, no hay más. En el segundo, tan solo hay el más, la excepción, el milagro de que algo sea en vez de que no sea. Desde esta óptica, tocar es profanar (y esto es así aunque, debido a los imperativos de la adaptación, no podamos evitar el uso de los cuerpos). Para quien ha sido capaz de asombrarse ante la alteridad de cuanto hay, el mundo profanado —el mundo real— no deja de ser una ilusión, un escenario de cartón piedra, una reducción. De ahí que, para los que viven de su asombro, la verdad sea lo que continuamente dejamos atrás —lo que es continuamente devorado o asesinado, aun cuando no siempre haya sangre de por medio— en virtud de nuestra supervivencia. Sobrevivimos por lo que, literalmente, despreciamos. No parece casual que, para quien sabe donde se decide la verdad, la mera supervivencia sea una forma de estar muerto. Con todo, la mirada del asombro es penúltima. Más allá del asombro, aún cabe ver las cosas desde la óptica del don o, si se prefiere, de la redención. Un manzana es un alimento y un alimento que puede gustarte. Pero quien ve solo una manzana cuando ve una manzana, no ve una manzana. Y quien dice manzana, dice hijos, mujer, padres, amigos. El asombro conduce a la plenitud. Y en la plenitud podemos permanecer en pie (o en la posición de loto). El don, en cambio, al agradecimiento (y por eso mismo a una cierta postración). No en vano los primeros cazadores mataban a su presa siguiendo un ritual: no olvides que el animal es una ofrenda, esa vida que se te ofrece para que tú y tus hijos podáis seguir con vida. Tarde o temprano, deberíamos caer en la cuenta de que nada es que no nos haya sido dado.

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