del verso y el versículo

mayo 3, 2019 Comentarios desactivados en del verso y el versículo

Al igual que modernamente no es posible escribir un poema épico —hoy en día, el poeta escribe en las distancias cortas—; del mismo modo que James Joyce no pudo hacer más que reescribir la Odisea como un día cualquiera de Leopold Bloom, tampoco cabe leer los relatos bíblicos como leemos la prensa. Necesitamos notas al pie, al menos para entender. Esto es obvio. O debería serlo. Sin embargo, la cuestión de fondo es si esta imposibilidad no va con la de interiorizar el anuncio cristiano. Pues, cuando menos, podemos sospechar que, en vez de creer, creemos que creemos. ¿Acaso quien se toma en serio la existencia de los vampiros no lleva en el bolsillo una ristra de ajos? ¿Acaso no deberíamos sentir un cierto temor y temblor ante el hecho de encontrarnos sub iudice ante Dios? Aquí no caben las componendas, como cuando le hacemos decir a los textos bíblicos cosas que no dicen —ni pretenden decirnos— con el propósito de convencernos a nosotros mismos de que seguimos siendo cristianos. Y es que nadie, salvo delirio, puede comprenderse hoy en día como el que participa de un drama cósmico (¿y qué es la Historia de la Salvación, si no una teodramática?). El combate entre las fuerzas del bien y el mal, el que lidian ángeles y demonios por el alma de los hombres ha quedado relegado a la ciencia ficción. Ciertamente, al ver una película como Constantine no podemos evitar que emerjan los sentimientos más atávicos, aquellos que espontáneamente experimentaron los antiguos. Pero al salir del cine no esperamos que el diablo pueda caernos del cielo (como ocurre en la película). Sencillamente, ya no podemos esperarlo. En cualquier caso, la posibilidad de una fe honesta quizá pase hoy en día por caer en la cuenta, aunque no solo, de que nuestra actual dificultad con el mito tiene que ver, precisamente, con lo que proclama el cristianismo con respecto al quien de Dios. Y más cuando fue el mismo Jesús quien dijo que difícilmente quedaría alguien con fe, una vez llegaran los tiempos finales. De ahí que quizá el punto de partida de una fe honesta sea el reconocimiento de nuestra falta de fe.

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