Simone Weil y la mística

mayo 11, 2019 Comentarios desactivados en Simone Weil y la mística

Simone Weil le escribió al dominico JM Perrin en mayo del 42 sobre su experiencia en Asís durante el 37: allí, en aquella incomparable pureza algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas. ¿Hablaba de Dios? Al menos en ese momento, ella no creyó que esa experiencia tuviera que ver con Dios. ¿Hablaba de Dios sin saberlo? Quizá. Pero ¿de qué Dios? ¿El que nos abraza? Aparentemente. Pero el océano que nos fascina por su inmensidad —aquel en cuyas playas podemos hallar un cierto reposo— también puede ahogarnos. Los dioses por lo común poseen una doble faz (y esto tiene que ver con su naturaleza intratable: no hay por dónde cogerlos). En la mitología romana, Jano fue, como es sabido, el paradigma del carácter ambivalente de cuanto nos supera. Tampoco es casual, pues Jano es la divinidad de los comienzos, y no hay comienzos que sean puros. En cualquier caso, como hombres y mujeres de carne y hueso necesitamos reducir esa ambivalencia: necesitamos decirnos —y de ahí la predicación— que cuanto se nos aparece de un determinado modo es de ese modo (y no de otro). Con el presente indicativo no dejamos de juzgar, literalmente. Como si en el lenguaje estuviera en juego la absolución de lo que nos sucede. En lo más profundo, sentimos nostalgia de lo absoluto. De ello no se desprende que en cuanto podamos experimentar haya algo absoluto. Estrictamente, lo absoluto se da en pretérito (y, quizá por eso mismo, como un eterno porvenir). En el presente, todo se encuentra corroído por una insuperable ambigüedad. De ahí que bíblicamente la solidez de cuanto nos traemos entre manos se decidirá en el futuro de Dios —un futuro que, por eso mismo, no se resuelve desde nuestro lado. Mientras tanto nos hallamos, como quien dice, en medio de un combate de dimensiones cósmicas por la supremacía (aun cuando cristianamente creamos que ya se ha pronunciado la última palabra). Sencillamente, nuestro estar en el mundo se encuentra sub iudice. Para entender lo que acabamos de decir hay que imaginarse a Simone Weil diciéndose a sí misma, al cabo de unos años, que acaso no había para tanto. Que podía haber permanecido de pie como el caminante que, en el cuadro de Caspar David Friedrich, contempla esa naturaleza cubierta por un mar de nubes desde la cima que coronó. Ahora bien, esto no tiene por qué desmentir la experiencia original. Puede que simplemente nos viéramos obligados a admitir que nadie está a la altura de la verdad que, en un momento dado, es capaz de reconocer (o sufrir). Decía Hegel que, con el paso del tiempo, incluso la verdad termina siendo otra cosa. Sin embargo, puede que esto tenga que ver antes con nosotros que con la verdad.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Simone Weil y la mística en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: