fe y redención

mayo 29, 2019 Comentarios desactivados en fe y redención

La fe es un confiar en la promesa de Dios. De acuerdo. Sin embargo, por eso mismo incluye un corpus de creencias: que si Jesús es Dios en persona: que si al final los muertos resucitarán; que si el verdugo no pronunciará la última palabra… El problema, sin embargo, es que la redención no parece que dependa de la confesión creyente: basta con dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. De hecho, según el testimonio de Mateo, nadie puede cumplir con la voluntad de Dios sabiendo que está cumpliendo con dicha voluntad. No es causal que la situación en la que los hombres y las mujeres pueden responder al hambre del hermano sea aquella en la que no parece que haya Dios. De ahí que tampoco sea casual que los elegidos para sentarse a la derecha del Padre sean los primeros en sorprenderse: ¿cuándo te vimos hambriento o desnudo? Cristianamente, estar ante Dios es estar ante el que no cuenta para el mundo —ante el que cuelga de un madero como si fuera una alimaña. Dios, ciertamente, es de otro mundo. Pero no como el que habita en las alturas a la manera de un ente espectral, sino como el que fue expulsado del mundo por nuestro orgullo o impiedad. Desde el lado de Dios lo decisivo es dar el pan de cada día al que no tiene pan —y lo decisivo se decide en los tiempos finales, aquellos que tienen de reveladores lo que tienen de, literalmente, catastróficos. Sin embargo, Pablo insiste en que fuimos salvados en la esperanza. Y no hay esperanza que no suponga una confesión en el poder soteriológico de la cruz. Da la impresión de que Pablo está muy cerca de proclamar aquello de que extra ecclesiam nulla salus (aunque el contexto en el que Cipriano acuñó la sentencia, aquel en el que debido a las persecuciones de Diocleciano muchos cristianos abjuraban de la fe, no permita la lectura que tradicionalmente ha hecho la Iglesia). ¿Cómo cuadrar, entonces, Mt 25 con Rm 8, 24? Quizá admitiendo que la tensión entre los tiempos finales y el mientras tanto de los tiempos históricos es un leitmotiv de la fe cristiana. Y esta tensión presupone una distinción, irrelevante cara a Dios, entre los que saben de qué va el asunto, por decirlo así, y los que no… porque acaso, debido a su circunstancia, no puedan saberlo. Ahora bien, esto no es suficiente para hablar de cristianos anónimos. No hay cristianismo anónimo. En cualquier caso, hombres y mujeres de Dios que quizá incluso crean que no hay Dios. La fe como confesión de fe no deja de ser una suerte —o por decirlo en teológico, una gracia. De haberla, la redención, gracias a Dios, no depende de la fe en Dios, aunque sí de un haber sido atravesados por su espíritu, ese resto… que sopla donde quiere. Aunque lo ignoremos.

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