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mayo 31, 2019 Comentarios desactivados en doxa

¿Qué es la opinión? Un decir que aún no ha sido lo suficientemente flexionado. Una opinión no deja de ser una ocurrencia, en el mejor de los casos, y la expresión de lo que se dice, en el peor (pues aquí uno suele creer que la opinión es suya). Así, por ejemplo, en nuestro trato con las cosas todos damos por sentado la hipótesis del realismo ingenuo, a saber, que el mundo es con independencia de nuestra conciencia del mundo. Sin embargo, hay algo de contradictorio en este supuesto. Pues, si lo real es eso otro que aparece o se muestra a una sensibilidad, entonces no cabe afirmar que haya un mundo que no se dé a un sujeto (de ahí que Berkeley, con el propósito de salvar la idea de un mundo que subsiste aun sin el hombre, defendiera la necesidad de un Dios omnisciente y eterno). Ahora bien, en el caso de que el mundo sea lo que se da en relación con un sujeto, difícilmente el mundo podrá afirmarse como algo absolutamente otro o independiente de un sujeto. Esto es, no parece que podamos decir que las cosas son con independencia de que haya alguien ahí para poder verlas. De hecho, sobre esta contradicción se constituye la filosofía moderna, según la cual, como es sabido, no hay nada que no encuentre su fundamento o razón de ser en las condiciones de posibilidad del conocimiento. El carácter otro de lo real —su en-sí— sería a lo sumo el límite de las posibilidades de un saber acerca del mundo. No cabe, en este sentido, una ciencia de lo en-sí. Sin embargo, esta solución topa con la dificultad de los enunciados ancestrales, según la terminología de Quentin Meillassoux, acaso el filósofo de los últimos tiempos, pues estos enunciados no apuntan al en-sí, sino a aquellos hechos que tuvieron lugar antes del surgimiento de la humanidad. Para Kant, no hay hechos que no encajen en el marco de una conciencia. Pero si esto es así, entonces no podríamos hablar, como hacen los paleontólogos, de los acontecimientos ancestrales. Estamos, ciertamente, ante un problema, un problema que, sin embargo, solo se revela donde reflexionamos sobre la opinión, sobre lo que espontáneamente damos por sentado. Como decía Hegel, donde irrumpe el pensamiento no vuelve a crecer la hierba. Y por eso no es casual que muchos prefieran no pensar. Pues donde nos atrevemos a poner en cuestión lo que presuponemos, permanecemos en una especie de estado de suspensión o perplejidad. Sin embargo, solo de este modo podemos escapar de nuestra inicial sujeción a lo impersonal, a lo que se dice o se hace. Difícilmente llegaremos a estar, salvo catástrofe, por encima de cuanto pueda sucedernos —difícilmente alcanzaremos una cierta libertad interior— donde no caigamos en la cuenta de que deambulamos por el mundo sobre mimbres de paja. Y es que la libertad exige, al menos, una cierta distancia con respecto a uno mismo (y a cuanto nos rodea). La sospecha —sobre todo, la sospecha de sí— está en el origen de una vida examinada. Aunque también, el asombro ante el hecho de que haya algo en vez de nada. Como dijera Platón, una vida examinada posee más valor que una vida sin examinar. O esto, o la animalidad (a pesar de que pueda tratarse de una animalidad inteligente). Aun cuando también quepa añadir, sin duda, el agradecimiento por lo que nos ha sido dado desde el horizonte de la nada. Pero esto último acaso suponga un ir más allá de la actitud del sujeto de la sospecha.

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