Babel (de un café con Albert Balasch)

junio 2, 2019 Comentarios desactivados en Babel (de un café con Albert Balasch)

La lección de Babel es simple: no nos vamos a entender con las palabras. No es posible el acuerdo. Acaso la tregua… o la opinión común, la doxa. Y hablar de doxa equivale a hablar de tiranía, del dominio de lo impersonal, de lo que se dice o se hace. De ahí que la filosofía —la puesta en cuestión de lo que damos por descontado— sea una actividad paralizante. Creemos saber de lo que estamos hablando, siempre y cuando no nos lo preguntemos. La escolopendra deja de moverse una vez intenta comprender cómo es capaz de andar con tantos pies. Inevitablemente, las palabras nos quedan como los zapatos de un clown. Como si lleváramos encima un par de números de más. La filosofía nunca hizo buenas migas con la comunidad. Sea como sea, el lenguaje dejó de pertenecernos una vez quisimos alcanzar a Dios. Así, pronunciamos las mismas grandes palabras, pero no decimos lo mismo. ¿Amor? ¿Libertad? ¿Justicia? Puede que nos entendamos en su significado general. Pero lo general no deja de ser irrelevante. Sabemos, pongamos por caso, que lo justo es darle a cada uno lo que se merece, pero no qué se merece cada uno. Para esto último es necesaria una sensibilidad, un punto de vista. Y donde prevalecen los puntos de vista —y es forzoso que prevalezcan— no hay estrictamente verdad, sino apariencias. No podemos trascender, salvo formalmente, el horizonte de lo que nos parece que es. De este modo decimos, por ejemplo, que el canibalismo es aberrante porque así nos lo parece. O que tal o cual mujer es indiscutiblemente bella porque fuimos seducidos por su imagen. La caverna platónica —nuestro estar sujetos al poder de las sombras— encuentra su complemento en la torre de Babel. Es posible que la tolerancia moderna sea la última moraleja, aunque imprevista, del mito bíblico. Tuvimos que sufrir unas cuantas guerras de religión para que descubriéramos que si queríamos vivir en paz, teníamos que dejar a un lado nuestra pretensión de situarnos a la altura de Dios. Hay política —hay muros que sortear— porque se derrumbó la torre que quisimos erigir para conquistar los cielos. Pues la política no deja de ser la gestión, siempre inestable, de las diferencias donde no cabe apelar al dictamen del sacerdote, de aquel que cree hablar en nombre de Dios. Al fin y al cabo, la tolerancia democrática exige una buena dosis de escepticismo, una devaluación de nuestras creencias acerca del sentido de tot plegat. Quizá no sea anecdótico que, hoy en día, más que creer en Dios, creamos que creemos. O renunciamos a la verdad en nombre de la tolerancia —y a esta renuncia no está dispuesto el talibán—, o admitimos que si podemos estar a la altura de Dios es porque Dios se puso a la altura del hombre. Y para esto último hace falta más fe que religión.

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