mediación y redención

julio 5, 2019 Comentarios desactivados en mediación y redención

El motivo de los mediadores entre la divinidad y el hombre es algo así como un leitmotiv de la religión en la Antigüedad. Según Mircea Eliade, la idea de un dios supremo e inaccesible —un dios cuya trascendencia es radical— se encuentra ya presente en el paganismo. Los hombres captan la presencia de los poderes intermedios —aquellos con los que hay que lidiar, sobre todo a través del culto—, pero no la del dios que confiere unidad a lo divino. Este permanece en su mundo, ajeno al hombre. El monoteísmo, como es sabido, rompe con este esquema mental, a pesar del aire de familia. Yavhé no es un principio de unidad, sino el único Dios —Dios en verdad—. Para Israel el problema nunca fue cuál es el poder supremo, aquel que nos permite hablar, precisamente, de una pluralidad de dioses. Pues para Israel, ese pueblo de esclavos, existimos como arrancados de la faz de Dios. Ciertamente, vivimos desde un sí de fondo. Pero ese sí queda ensombrecido por el desemparo de una común orfandad. Desde la óptica bíblica, no es cierto que todo esté lleno de dioses. Dios, en cualquier caso, es un por-venir. De ahí que la relación del hombre con Dios se comprenda bíblicamente en términos temporales y no espaciales (aunque los textos bíblicos, teniendo en cuenta las diferentes tradiciones de las que dependen, no sean, en este sentido, diamantinamente claros: el monoteísmo avant la lettre es un producto tardío). En este sentido, no es casual, como viera Max Weber, que el moderno desencantamiento del mundo tenga una raíz judía. La tierra en la que habitamos fue desacralizada, no en nombre de la autonomía del hombre, sino en el de la verdad de Dios. La pregunta bíblica no es, por consiguiente, dónde está Dios, pregunta que el paganismo ya tiene resuelta de antemano, sino cuándo se hará presente —cuándo volverá—. Con esta pregunta, la realidad de Dios se traslada de los cielos a un futuro absoluto, más allá de la Historia. Los cielos, en cualquier caso, son la imagen de un pasado también absoluto, anterior a los tiempos. Hay mundo —hay Historia— porque Dios, en el origen de los tiempos, dio un paso atrás.

Sin embargo, el motivo de los mediadores no desapareció del mapa de Israel. Es lo que tiene la vivencia de un Dios en falta. ¿Cómo contactar con un Dios que no se hace presente como dios? De ahí que la cuestión fuera quiénes, con sus prácticas o palabras, eran los verdaderos mediadores —quienes nos hablan de Dios—. ¿Los reyes? ¿Los sacerdotes? ¿El profeta? El simple hecho de que se plantee la pregunta, pregunta que no está presente en el paganismo, ya nos da a entender que estamos ante una experiencia de Dios cuando menos diferente, por no decir problemática. No fue hasta la irrupción del monoteísmo químicamente puro —y quizá convenga señalar que el monoteísmo no llegó a ser estrictamente tal antes de la destrucción del segundo templo— que dicha cuestión se resolvió en favor de la Ley. Tan solo con el judaísmo rabínico, la Torá se impone como la mediación par excellence. Por contra, la figura del mediador sobrevive en la tradición cristiana. Como sabemos, para la fe cristiana, la reconciliación entre Dios y el hombre únicamente se efectúa a través de Cristo. No hay que olvidar que el horizonte de la mediación, cristianamente, no es el favor puntual o el oráculo, sino la redención. De ahí que los primeros cristianos se interrogaran por la naturaleza del mediador. Sencillamente, estaba en juego la efectividad de la salvación. Jesús ¿fue algo más que un hombre de Dios? ¿O fue tan solo el último profeta? ¿Quizá semidivino? La matriz judía daba para cualquiera de estas posibilidades. Fueron necesarios cuatro siglos para que el cristianismo se hiciera dogmático, en el mejor sentido de la expresión, esto es, para que pudiera confesar que Jesús fue tan humano como divino (y viceversa). Ahora bien, lo interesante es que el cristianismo llega a esta conclusión, no la experimenta espontáneamente. Pues espontáneamente o bien estamos ante un hombre de Dios, o bien ante un dios con aspecto humano. ¿Deberíamos admitir, en consecuencia, que la dogmática cristológica fue el resultado de una deducción? Ciertamente, eso parece. Y es que si Jesús no fue un hombre, la resurrección —el signo de que la muerte, el salario del pecado, fue vencida— no deja de ser un fuego de artificio que nada tiene que ver con nosotros, un acontecimiento intradivino. Tan solo lo que se asume es sanado, como dijeron los Padres de la Iglesia. Pero si no fue divino, entonces tampoco hay redención, sino en cualquier caso un proyecto moral o, si se prefiere, revolucionario. De ahí que, habiendo habido redención, aunque esta se entendiera de entrada a la religiosa, como si Dios fuera al fin y al cabo una variante del deus ex machina, el crucificado tuviera que ser hombre y Dios al mismo tiempo. Sin embargo, que inicialmente las fórmulas de Calcedonia fueran el resultado de una especulación sobre lo que revelan los sucesos del Gólgota, incluyendo el tercer día, no niega la confesión. Al menos, porque la confesión tiene lugar siempre ante el perdón de un crucificado. La reflexión, en cualquier caso, es posterior. Ahora bien, lo que la reflexión pone al descubierto es que el Dios que se revela en la cruz supone una mutación de lo que se entiende religiosamente por Dios. Pues Jesús es divino en tanto que aparece como el quién de Dios —y no solo como su representante o mediador—. Sencillamente, Jesús es el modo de ser de Dios, en modo alguno su ejemplificación. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Si el crucificado se revela como Dios en persona es porque, con anterioridad a la cruz, Dios en sí mismo —trinitariamente, el Padre— no és más, aunque tampoco menos, que la voz —ese yo absoluto, enteramente otro— que clama por su quién. Tomarse en serio el dogma de la Encarnación supone aceptar que Dios acontece como hombre de Dios en el centro de lo histórico. O por decirlo de otro modo, que Dios no quiere —y consecuentemente no puede— ser sin el hombre. Tras la caída, Dios tan solo puede llegar a ser el que es en el interior de la Historia. Pues el Padre no es aún nadie sin el fiat del hombre, fiat que, como ya hemos dicho tantas veces, el hombre solo puede pronunciar en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. La redención del hombre va con la de Dios, por decirlo así. El hombre es en Dios únicamente porque Dios llegó a ser el que es en el hombre. Sin embargo, si llegó a ser el que es fue porque hubo un hombre que se abandonó a Dios como abandonado de Dios. Y esto no es algo que el homo religiosus pueda aceptar como quien no quiere la cosa.

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