Tuol Sleng

julio 15, 2019 Comentarios desactivados en Tuol Sleng

En el magazine de ayer de LV se nos cuenta, brevemente, la historia de Chum Mey, en un apartado titulado la buena vida (en donde caben artículos sobre muebles, los nuevos cócteles y el ritmo de la noche). Chum Mey vio morir a su mujer y a su hijo a manos de los jemeres rojos, antes de ser torturado. Su mirada, actualmente, desprende humanidad. Chum Mey llegó a perdonar lo imperdonable. La conclusión no se hace esperar. Cito al autor del artículo: hemos de saber perdonar por muy grave que sea el mal infligido. Sin duda, esta es una de las mayores pruebas para poder demostrar nuestra nobleza, madurez y más sabia humanidad. Visitar Tuol Sleng [la antigua escuela que sirvió como centro de tortura y donde murieron cerca de doce mil personas durante el régimen de Pol Pot] es una invitación a conectar con el amor y valentía de quienes murieron allí y un acto de admiración hacia los que viven sabiendo perdonar para que este mundo pueda vivir en paz. Y en un cuadro aparte, leemos lo siguiente: cierre los ojos y visualice a un enemigo o situación que le confronte [sic]. Observe bien sus características y aquello que odie de él. Déjelo sentir, somatícelo en su cuerpo [sic] y respire profundo. Repita mentalmente el mantra “mi enemigo está aquí para ayudarme a crecer, mostrándome partes de mí que no quiero ver”. Abra los ojos y verbalmente perdone a su enemigo. ¿Es esta la moraleja de la historia de Chum Mey? ¿Se trata de elevarse por encima del odio o el deseo de venganza? Eso parece. Y es que ¿acaso no es preferible que nada te turbe ni espante que andar con el revólver encima? La libertad de espíritu ¿no consiste en un estar por encima de cuanto pueda sucedernos? El perdón ¿no sana tanto al que perdona como al perdonado? ¿Qué más nos hace falta? No es casual que Séneca, en su tratado De Beneficiis (IV, 26, 1), también recomendara perdonar al enemigo a través de unas palabras que inevitablemente nos recuerdan a las del sermón de la montaña: si quieres imitar a los dioses, entonces tienes que hacer el bien tanto a los ingratos como a los agradecidos, porque el sol brilla tanto sobre el malvado como sobre el bueno, y el mar está abierto también para los piratas. Y, probablemente, podríamos decir lo mismo etsi deus non daretur. El perdón, según lo anterior, se sostiene por sí mismo, aunque, sin duda, exija una mirada que vaya más allá de aquella que nos mantiene ligados al rencor. ¿Podemos olvidarnos, por tanto, de Dios? ¿Puede uno llegar a perdonar lo imperdonable sabiendo que tan solo el perdón sana? ¿Basta con una nueva ley?

No suelo fiarme de cuanto podamos decir desde nuestro lado —y menos si hablamos de nosotros mismos—. Y porque no hay sentimiento puro, no hay perdón que nazca de lo más recóndito del alma que no sea ambivalente (y menos, si está al servicio de una transformación de sí). De hecho, ante este clase de perdón quizá la primera pregunta sería de qué estamos hablando —qué es lo que ha tenido lugar más allá de lo psicológico, si es que algo ha tenido lugar—. En cualquier caso, que el perdón sane el alma enferma de odio no implica que podamos interiorizar la sanación como motivo. La sanación tan solo puede darse, si se diese, como un efecto lateral. Basta con que creamos que debemos perdonar a nuestro enemigo —al que quiso nuestra muerte y la de nuestros hijos— para vivir en paz con uno mismo y los demás, para poner entre paréntesis, cuando menos, el alcance de ese perdón. Por qué me perdonas, podría preguntarnos el verdugo. Si le respondiéramos para poder sobrevivir a mi ruina estaríamos hablando aún de nosotros mismos, de nuestra necesidad de terapia. Si el perdón de Chum Mey posee dimensiones cósmicas es porque se ofrece desde una incapacidad absoluta, desde aquellos lugares o momentos en los que ya no tenemos vida por delante, aun cuando biológicamente nos queden muchos años por vivir. De ahí que, ante un perdón presentado como saludable, me resulte más humanamente significativo el silencio de Abraham Bomba, uno de los que sobrevivieron a los campos de la muerte. En una escena de Shoa, Claude Lanzmann le pregunta por lo que ocurrió en Auschwitz. Abraham Bomba se queda mudo (y por eso mismo su silencio fue elocuente). No es para menos. Él rasuró a su mujer y a sus hijos —Abraham Bomba ejerció como barbero— antes de que entraran en la cámara de gas. No les dijo nada, aunque sabía adonde iban. Difícilmente uno sobrevive al infierno si no es como culpable (aun cuando no tenga propaimente culpa alguna ). ¿Acaso el perdón de Abraham Bomba, de haberse dado, lo justificaría ante su mujer e hijos? Su perdón ¿no estaría aún pendiente de aquella palabra que solo los muertos pueden pronunciar? O por decirlo en clave cristiana, si el crucificado llegó a perdonar a quienes le clavaron en un madero ¿fue porque supo hacerlo? ¿Hablaríamos de redención si llegaramos a descubrir que lo hizo para morir sintiéndose bien consigo mismo? ¿O si ese perdón solo tuviera que ver con su aptitud para la resiliencia? En ese caso, el perdón ¿representaría algo más que un rasgo del carácter? ¿Puede perdonar un hombre lo imperdonable… en nombre de sí mismo? ¿Acaso el verdugo no tiene que cargar con su culpa para que pueda recuperar la humanidad que dejó atrás? El perdón de nuestras víctimas, de algún modo ¿no nos plantea una demanda (y por eso mismo nos obliga a responder, o bien poniéndonos en sus manos, o bien rechazándolo)? El periodista que narra la historia de Chum Mey se deja en el tintero algo fundamental: qué hicieron aquellos que fueron perdonados por él (pues se supone que el perdón no se dio in abstracto). Pues el perdón no deja de ser un asunto interno donde no tenemos en cuenta la respuesta de quienes lo recibieron.

Evidentemente, cuanto acabamos de apuntar no cuestiona el perdón de Chum Mey, sino en cualquier caso la lección que extrae el periodista. Tendríamos que leer sus memorias (las de Chum Mey) o, aún mejor, escucharlo para poder decir algo con sentido al respecto —que no juzgar, pues ¿quién se encuentra en la situación de hacerlo?—. Y probablemente lo que podría decirnos Chum Mey no terminaría de casar con lo que se afirma en el artículo como quien no quiere la cosa. Hay en este tipo de perdón una densidad que no puede resolverse diciendo simplemente que, al fin y al cabo, se trata de saber qué hacer para seguir con vida.

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