del interior intimo meo

julio 17, 2019 Comentarios desactivados en del interior intimo meo

Se nos dijo que hemos de buscar la verdad en nuestro interior, dando a entender que en las profundidades del alma hallaremos la luz. ¿Seguro? Cuando uno bucea en sí mismo ¿acaso no encuentra mucha mierda —muchos miedos y complejos, mucha impotencia—? En la soledad de la celda monástica, nadie esta solo: de entrada topa con sus fantasmas. El alma está llena de demonios. Por eso preferimos la distracción, el activismo, un ir de aquí para allá. Aunque sea con la excusa de Dios. De hecho, en las grutas suele haber demasiada oscuridad. También un anhelo de salir de ahí, anhelo que a menudo confundimos con la luz. Pero el anhelo de luz no es la luz. Nuestro interior es nuestro Getsemaní. Hace falta mucha paciencia —mucha resistencia— para escuchar la voz que nos libera de nosotros mismos. Ahora bien, esa voz —ese clamor— procede del exterior: de aquellos que no tienen el pan de cada día. Sencillamente, el centro no está en mí. El más allá de uno mismo es alguien más íntimo que la propia intimidad, un alguien de carne y hueso, en realidad, un nadie, aquel que ni siquiera parece contar para Dios. Y ese nadie está en mí, no porque lo esté desde el principio, aunque oculto en los recovecos del alma, sino porque me alcanza desde una exterioridad absoluta, inaccesible solo desde nuestro lado. Quien pretende alcanzar el cielo por sí mismo hace como el barón de Münchhausen que quiso salir del lago en el que se ahogaba tirando de su propia cabellera. Mirarse al ombligo nunca fue un buen camino espiritual (aun cuando en el ombligo se localice, si fuera el caso, un chancra fundamental). La luz —la luz que ilumina las fosas abisales del alma— siempre viene de afuera. Frente a las búsquedas interiores, tan de moda hoy en día, quizá hagan falta unas cuantas dosis de judaísmo. Parafraseando Ex 24, 7: primero responderemos y luego ya nos encontraremos. El resto es vacío y alimentarse de viento.

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