de venus y marte

agosto 5, 2019 § Deja un comentario

La mujer siente en lo más íntimo que el hombre es el culpable de su desdicha. Ella vive de su sueño romántico. Aún no ha reflexionado lo suficiente sobre la ausencia de “relación sexual” (Lacan) —sobre el hiato que subyace a cualquier relación—. Tarde o temprano llega a sentirse abandonada. Pues el hombre tiende a pasar de la mujer que tiene a mano. Sin embargo, el hombre no culpabiliza a la mujer de su infelicidad. Tampoco es que se haya especializado en Lacan. Simplemente, la cambia por otra, por lo común, más joven. Si puede (y aquí asoman la cabeza, precisamente, las asimetrías del poder). La mujer es fiel (o pretende serlo). Su pregunta es quién, de los disponibles, será su hombre —a quién se entregará, quién será capaz de verla como única (y de paso, ser un buen padre)—. No es esta la pregunta del hombre. El hombre es, en definitiva, un pagano. El paganismo vive de la renovación, en modo alguno de un compromiso incondicional. ¿Estamos ante una constante genética o ante la expresión de un dominio cultural? Difícil pregunta. Pues aun cuando la mujer logre liberarse de la presión que se ejerce sobre su cuerpo (y en definitiva sobre su psique), siempre podremos preguntarnos si acaso no se habrá liberado de sí misma. Y es que donde uno se libera de sí mismo, no encuentra a nadie en su lugar. No es fácil reconocerse en la identidad que nos construimos frente a lo heredado. Pues no podemos evitar la sensación de que el nuevo traje es de prêt-à-porter, en modo alguno aquel hecho a medida. Al fin y al cabo, las figuras que rigen nuestro deseo son una especie de oxímoron. El hombre busca una mujer de putamadre. La mujer, una bestia que coma de su mano. Por un lado, si es puta no será madre (y viceversa). Por otro, si es una bestia, no comerá de su mano (aunque en un primer momento pueda creerlo). Pues si lo hiciera, dejaría de ser una bestia, para convertirse en un hombre cualquiera (un calzonazos). El miedo atávico de la mujer es el de que la dejen por otra. El del hombre, el de ya no poder salir de caza. La diferencia —y aquí tendríamos el índice de la dimensión política de las relaciones entre hombre y mujer— reside en que el hombre puede resolver socialmente el dilema que le plantea su deseo: la madre en casa y la puta en el lupanar. La mujer no lo tiene tan fácil. En cualquier caso, la vida nunca encontró una solución en los territorios del deseo. Donde creemos haberla encontrado, uno gana y el otro pierde. De ahí que la pregunta no sea cómo llegaremos a realizar nuestro deseo, sino qué hay más allá de su fracaso. Las genuinas historias de amor no son las que vemos en las películas. Más bien tienen que ver con la resurrección. Ahora bien, de resucitados, pocos. Sea como sea, el amor —el abrazo de los náufragos— siempre fue un asunto de ancianos. Y hoy en día, no nos damos el tiempo suficiente como para envejecer juntos, aunque en algunos casos, por suerte. Es lo que tiene vivir en un supermercado.

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