una esperanza a medida

agosto 7, 2019 § Deja un comentario

¿Qué significa nihilismo? Pues que no hay esperanza. Nadie te va a sacar del agujero en el que te encuentras. Toca perder. Para las víctimas, decir nihilismo es decir infierno (lasciate ogni speranza, voi ch’entrate). Podemos encontrar, ciertamente, un versión más sofisticada de la desesperanza. Pues, aun cuando hubiera un salida —aun cuando más allá hubiera un mundo de espectros felices— ¿hasta qué punto podríamos soportarlo? No queremos morir. Pero tampoco podríamos tolerar una eternidad dichosa. Una inmortalidad dopada de felicidad sería un ennui sin final. Como si la redención no fuera con nosotros. Sin embargo, quizá no tengamos que llevar las cosas tan lejos. Y es que del mismo modo que entre el morir y la eternidad cabe aspirar a vivir un día más, entre las simas de la historia y un cielo insufrible podemos simplemente esperar vivir en paz el tiempo que nos quede por delante. Esto es, un mundo en el que no nos matemos los unos a los otros —en donde no nos arranquemos el pan de la boca—. Puede que sea ingenuo anhelar una paz perpetua, pero acaso no lo sea pretender una tregua lo suficientemente duradera. De hecho, esta fue la esperanza del Israel de los primeros tiempos —y quizá también de los actuales—. Como sabemos, la creencia en la resurrección de los muertos se impuso tardíamente en Israel, más o menos durante la época de los macabeos. Pues la cuestión de fondo que condujo a esta esperanza excesiva —una cuestión en modo alguno secundaria— fue la denominada cuestión mesiánica, a saber, aquella que se interroga sobre qué vida pueden esperar quienes, por mantenerse fieles a Yavhé, murieron injustamente antes de tiempo. Hasta ese momento, Israel creía que la inmortalidad no era una prerrogativa del hombre. La bendición de Dios se concretaba en una vida larga y en paz. Probablemente esta sea la única esperanza que podemos concebir —la única a la que tenemos derecho, por decirlo así—. Y esto equivale a decir, donde ya no cabe confiar en la ayuda de ningún Dios, que no hay esperanza que no pase por las ambigüedades de lo político. Al igual que si vivimos unos cuantos días más, una vez nos diagnosticaron una enfermedad terminal, es gracias a la química. Esperar una nueva creación supone esperar lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. O con otras palabras, creer en un Dios en el que no cabe creer solo desde nuestro lado.

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