fe y parresía

agosto 11, 2019 § Deja un comentario

En la antigua Grecia, el término parresía denotaba el coraje para decir la verdad. Pues la verdad, a diferencia de la opinión, es lo que no queremos escuchar. Así, Sócrates tuvo el valor de decir lo que tenía que ser dicho ante el tribunal que le juzgó. Al igual que los mártires, cuando no quisieron abjurar de su fe ante los heraldos del César. Quien posee la virtud de la parresía está dispuesto a morir por la verdad. Pues la verdad —la verdad que importa, aquella que nos configura, precisamente, como sujetos— no tiene lugar sin la adhesión del testigo. Aquí, uno podría preguntarse si el hecho de basar la poca fe que podamos tener hoy en día en el factor emocional —el que, en nombre de la tolerancia democrática, hayamos renunciado a entender las fórmulas de la fe como verdad— no nos habrá privado del arrojo necesario para proclamar lo que el mundo no puede admitir. Ciertamente, no se trata de ser un talibán. Pero entre el talibanismo y la convicción que es capaz de dar razón de su esperanza median unos cuantos pasos. En cualquier caso, no hay futuro para un cristianismo que solo se atreve a recitar el credo con la boca pequeña. Aunque tampoco se trata de coger el megáfono sin saber de lo que estamos hablando.

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