teología del ángel

agosto 12, 2019 § Deja un comentario

La fe resposa sobre la aparición, no sobre una idea acerca del más allá o lo último. Sin embargo, no es Dios quien aparece. Tan solo, su ángel. Un ángel no es un fantasma. Un fantasma posee una naturaleza espectral. Por eso siempre cabe sospechar del carácter alucinatorio de la aparición. Por contra, un ángel siempre se manifiesta in corpore. A diferencia del fantasma, un ángel come y mea. Podemos acostumbrarnos al fantasma —podemos incorporarlo a nuestro mundo—, en modo alguno a un ángel. El ángel es el hombre o la mujer extra-ordinarios —la manifestación sensible de un quien absoluto. Nuestra relación con el ángel se decide desde su lado, no desde el de nuestro interés o necesidad. Un ángel no es extraordinario por su mérito, sino por poseer una mirada pura —la mirada de una firme bondad. Como si vinieran de Dios. Aunque también cabe el ángel de la luz —el que quiere chupar nuestra sangre, la muerte de nuestros hijos. El ángel de la luz es el psicópata. Y un psicópata tampoco es de este mundo. En cambio, la mirada —la voz— del ángel de Dios nos in-quiere de tal modo que no cabe rechazarla sin curvarnos sobre nosotros mismos. Su mandato nos invoca para el bien. Ven conmigo, dice el ángel. Un ángel nos emplaza al seguimiento por el poder de su bondad. No hay ambigüedad en el ángel. En este sentido, Jesús de Nazaret fue un ángel, el hombre que venía de Dios. Quien tiene fe cree en la existencia de ángeles de carne y hueso. Su búsqueda de Dios es la búsqueda de su ángel. Desde esta óptica, no parece que pueda plantearse la disyuntiva entre una cristología ascendente —la que parte del Jesús histórico— y otra descendente, en la que, de entrada, Jesús es Dios. El encuentro con el Jesús histórico fue, para los discípulos, un encuentro con el ángel, con aquel hombre que les miraba —y convocaba— como solo Dios podía mirarlos. La cruz, ciertamente, supuso el fracaso del ángel. Pero no invalidó la fuerza de su recuerdo. El problema fue cómo cuadrar dicho fracaso con la memoria de aquel que anduvo resucitando a los muertos en nombre de Dios. ¿Cómo podía venir de Dios el que murió como un apestado de Dios? Si Dios estuvo con el profeta, Dios tenía que estar también con el crucificado. Dios mismo colgó de la cruz del ángel. De ahí que el Dios que se revela en la cima del Gólgota sea un Dios que, contra todo pronóstico, se pone en manos de los hombres, de tal modo que solo puede haber Dios donde el hombre acepta la entrega de Dios. No es casual que, tras la resurrección, se animara a los discípulos a regresar a Galilea. Volved a Galilea y allí comprenderéis. Esto es, tened presente lo que hizo —y cómo— el que fue crucificado en nombre de Dios. Es decir, en su lugar. Como tampoco es casual que el creyente permanezca a la espera del retorno del ángel. Evidentemente, la experiencia de Dios como la experiencia del ángel de Dios presupone un cosmos en donde las fuerzas del bien y el mal pugnan por el corazón de los hombres. Y esto es mucho suponer, hoy en día. Pero para el viejo creyente en modo alguno fue un supuesto. Pues su dato inicial es que donde no hay ángeles —donde nada nuevo aparece o nadie en verdad otro— todo sigue muerto. Esto es, vence el poder de lo inerte. El infierno es un mundo sin población. Pues no hay otros para el condenado. En cualquier caso, espectros del semejante. Sin duda, nadie quiere estar solo. Pero la simple compañía no resuelve nuestro aislamiento. En lo más profundo, anhelamos que un ángel interrumpa la gris continuidad de nuestros días, para arrastrarnos fuera del quicio de lo habitual, del eterno retorno de lo mismo. El problema es que hay mucho impostor por ahí.

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