Judith

agosto 22, 2019 § 5 comentarios

Supongamos que un psicópata te secuestra y te ofrece una oportunidad. Si sacas dos veces la misma carta de una baraja convencional (se supone que después de reintroducir la primera en el montón), te dejará en libertad. Y no solo eso, sino que podrás matarle. Sin embargo, de no conseguirlo, mueres. Supongamos que tuvieras suerte y, por consiguiente, su vida estuviera en tus manos. Y supongamos también que no hubieran consecuencias penales y que pudieras vencer la resistencia psicológica a hacerlo. ¿Le matarías? Probablemente. Y es que fácilmente te dirías a ti mismo que el psicópata es un peligro para los demás. Es lo que harías —haríamos— con un perro rabioso. Pues bien, esta es la lógica —implacable— de las políticas que pretenden realizar el bien absoluto en la tierra. Hay que arrancar las malas hierbas si queremos que crezcan las flores. Que tu enemigo sea un pobre hombre bajo la máscara de un dominio indiscutible es algo que cuesta de ver. Tanto que quizá haga falta una revelación para caer en la cuenta. A menos que se trate, efectivamente, de un genuino psicópata. Pues con el psicópata no cabe llegar a ningún acuerdo. Un psicópata es una bestia. No es casual que, tradicionalmente, fuese visto como la encarnación de Satán. El psicópata nace. Pero también se hace. Tan solo basta emborracharse de poder. Tomarse en serio el mal supone que la chispa divina puede morir —que el hombre es capaz de condenarse a sí mismo, de tal modo que, y esta es la convicción bíblica, únicamente Dios podría rescatarlo del sheol. De ahí que sea tan desconcertante la solución cristiana de ofrecer la otra mejilla. Pues no parece que estemos ante una solución. Si el cristiano prefiere morir antes que matar será porque, abandonado a Dios, ya no confía en ninguna solución que se decida desde nuestro lado. Sin embargo, cuando se trata de la vida de los que no cuentan, quizá no esté de más coger la espada para cortar la cabeza de Holofernes. No será una solución. Pero al menos, de esta herida dejará de manar sangre inocente.

§ 5 respuestas a Judith

  • Xavier Alfaras dice:

    La “guerra justa” parte de la pretensión de saber distingir entre el pobre diablo y el psicópata, y así nos ha ido.

  • josep cobo dice:

    Tienes razón Xavier. No es fácil diferenciar entre ambos, si es que podemos hacerlo. Con todo, hay ciertas experiencias del mal que no te dan la impresión de estar frente a un “malentendido” que pudiera resolverse por medio del diálogo. No sé si a las víctimas del Holocausto les faltó “poder de convicción” o caridad. Y no porque en lo campos de la muerte no hubieran “pobres diablos” entre los alemanes. Diría que hay mucho de comprensible en el rechazo que mostraron los supervivientes a Hannah Arendt cuando defendió la tesis sobre la banalidad del mal en el juicio contra Eichmann. Hay situaciones en las que el mal se muestra como si fuera una última palabra. Quien esta sometido al maligno no es que tenga escondida su piedad, sino que, simplemente, ya no le queda ningún resto de piedad. Así, cabe imaginarlo rematando a su víctima, después de que esta le haya perdonado la vida. Creo que el poder del mal es capaz de ahogar cualquier residuo de bondad. De ahí que, cuando ocurre, “solo un Dios pueda salvarnos”. Sin embargo, es cierto, como sugieres, que el hombre solo consigue enfrentarse a Satán con sus mismas armas. Y esto tiene mucho de suma y sigue. Quizá una de las películas donde se expone lo que es el mal absoluto sea “Fanny Games” de Michael Haneke. Te la recomiendo. Aunque no para verla en Navidad.

  • Carmen dice:

    ¿El problema de la relación entre lo sapiencial y lo escatológico? Poner la otra mejilla, si viene impuesto como norma, fácilmente derivará en resentimiento. Y la esperanza en que el lobo y el cordero pacerán juntos no parece ser un protocolo adecuado para organizar un zoo. Pero habrá que insistir en abrir espacios, y no solo individuales, que permitan atisbar más allá del horizonte cerrado de lo actual.

  • Xavier Alfaras dice:

    Admiro a Haneke y tengo el DVD de “Funny games” desde hace años pero no me he decidido a verla. Y posiblemente no lo haga. A los infiernos de excursión no. La representación del mal tiene mucho de recreación y no es inocua. Al menos para mi, que dejo mucho que desear.

  • josep cobo dice:

    No me atrevería a decir que ver “Funny Games” sea como ir al infierno de excursión. Como tampoco lo es ver “La zona gris” o leer “Crimen y castigo”. Ciertamente, el asiento del espectador te mantiene a una cierta distancia. Pero cuando se trata de obras de una determinada altura o profundidad, lo que ves no te deja indiferente. Y no solo porque te conmueva, sino sobre todo porque te desplaza de tus “certidumbres habituales”. Es lo que tiene la cultura: que, al permitirnos participar de aquellas experiencias que se dan en las situaciones límite, nos obliga a resituarnos frente al mundo y frente a nosotros mismos. Es como escuchar el canto perturbador de las sirenas —un canto que debemos escuchar—, pero atados al mástil (aunque, como dijera Kafka, lo terrible no es su canto, sino su silencio). La cultura es más que entretenimiento, a pesar de que hoy en día se nos venda como tal. Con todo, lo difícil es ir más allá de la conmoción.

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