quizá no tan bueno

agosto 24, 2019 § Deja un comentario

Todo en el hombre se juega en lo concreto de la situación —en el porvenir al que apunta—, en modo alguno en el terreno de las verdades in abstracto. Pues con respecto a la verdad, seguimos sin tener mucha idea. De este modo, sucede que he pecado: abandoné a mi esposa e hijos, dejé que entraran en la cámara de gas, creyendo que solo iban a ducharse (“hasta luego, papá”). ¿Cómo podré volver atrás? ¿Cómo podré reparar lo irreparable? Esta —y no otra—, es la cuestión fundamental de quien fue arrojado al mundo —aquella que abre su existencia más allá del tener que sortear la circunstancia. Y ya sabemos cuál es la respuesta cristiana: la redención no depende de nosotros. De acuerdo. Pero el culpable necesita palpar a su redentor. De ahí que clame por él. Las fórmulas del credo, aun cuando pudiera tomárselas en serio, no ahogan su lamento. Sin cuerpo, cualquier respuesta permanece en el aire. En este punto, la filosofía —el ponerse fuera de sí— puede ayudarle a salir de este impasse, al situarlo a una cierta distancia de cuanto hace, dice o siente. Así, puede dar por sentado, tras dol mil años de cristiandad, que Dios es bueno —que al final habrá perdón. Pero, por poco que piense, caerá en la cuenta de que Dios podría empujarnos a la bondad para alimentarse de nuestras almas transfiguradas. Y ante esta posibilidad, el filósofo suspenderá el juicio. Esto es, dejará de creer (y de paso se librará de su dependencia de un salvador). Ya nada de cuanto pueda sucederle —ni siquiera la culpa— va con él. Su libertad no es la de quien se compromete hasta el final, sino la de quien habita por encima incluso de sí mismo. Como si fuera un dios. O un psicópata. Pero no hay dios —ni psicópata— que no esté solo. O redención, o soledad. En medio, tan solo la distracción.

(Con todo, el creyente no rechaza la posibilidad de que Dios, al fin y al cabo, no sea tan bueno como supone. De ahí que con respecto a Dios únicamente quepa confiar (aunque esta confianza se apoye, ciertamente, en los indicios del tercer día). Pues ni siquiera la verdad de Dios está en nuestras manos.)

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