transmitir la fe hoy

octubre 31, 2019 § Deja un comentario

Que el cristianismo toca a retirada no es nada nuevo. Quizá no tanto sus variantes sectarias, pero sí, literalmente, su catolicismo. De ahí que muchos se pregunten cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Sin embargo, una cosa es cómo hacer inteligible un credo que se escribió hace dos mil años a los hombres y mujeres de hoy en día y otra es en qué crees tú como cristiano —quién es Jesús de Nazaret para ti: ¿un buen hombre, un ejemplo?; ¿aún eres capaz de confesar al crucificado como el Señor? Y quizá deberíamos comenzar por estas últimas preguntas. Ciertamente, la primera, la que afecta a las verdades de la fe, es una pregunta recurrente: con cada cambio cultural el cristianismo tiene que enfrentarse a la cuestión de su inteligibilidad, a la necesidad de un traducción que no tire al niño con el agua sucia. De hecho, el cristianismo, tal y como lo conocemos, es el resultado de una adaptación de la mentalidad judía a la del mundo greco-latino. Ya comenzamos traduciendo. Pero en cualquier caso, si se trata de transmitir, lo cierto es que nadie transmite nada sin pasión. ¿En qué crees? Mejor dicho, ¿en quién? ¿A qué invocación responde tu vida entera? Ambas cuestiones —la de las verdades y las del corazón— están, sin duda, relacionadas. Y más actualmente. Pues como modernos, no sabemos muy bien qué hacer con Dios. De entrada, no nos encontramos expuestos a su trascendencia —a su retroceso— y, por eso mismo, somos quienes confiamos demasiado en nuestra posibilidad. No parece que dependamos de una última palabra. Sin embargo, antes que hacer apologética quizá deberíamos chupar más soledad, cuando menos para conectar con el fondo de la existencia —un fondo en donde hay más vacío que luz. En cualquier caso, el punto de partida, hoy en día como antes, es aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios en falta, el testigo de la fe. Así, la pregunta inicial no es en qué crees, sino quién provocó en ti la inquietud por Dios —qué ha visto él que tú aún no has visto, aunque más que ver, el testigo haya sido visto o, mejor dicho, invocado por un Dios que colgó de una cruz. El hombre de fe permanece a la espera de Dios. Pero se trata de un permanecer que, en cierto sentido, está de vuelta. Las catequetesis cristianas deberían comenzar con las vidas de los santos, por decirlo a la clásica. Aun cuando no sea oro todo lo que reluce. Y es que sigue siendo cierto, hoy en día como antes, que Dios no es —no quiere ser— sin el fiat incondicional del hombre, fiat que el hombre solo puede pronunciar bajo un cielo impenetrable. Acaso convenga recordar aquello que dijera Bonhoeffer en su momento, a saber, que estamos ante Dios, sin Dios. Puede que al cristianismo de hoy en día le convenga recuperar un poco de oscuridad (aunque si caer en la de las sacristías de antaño). Basta con tener presente el horror que sufren tantos de nuestros hermanos. No vamos a ir muy lejos donde nos limitemos a promover el buen rollo. Pues para buen rollo hay mejores ofertas.

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