matar

noviembre 14, 2019 § Deja un comentario

En la guerra, la mayoría de los hombres se comportan como bestias, como aquellos que se encuentran sometidos al dictado de un poder impersonal. Matan porque se mata. Y matan como si estuvieran en un videojuego: simplemente disparan y el otro cae. Ciertamente, cuando hay que matar cuerpo a cuerpo la cosa cambia: tienes que soportar la mirada de aquel a quien matas. Y aquí fácilmente podemos caer en la cuenta de que no estamos en una versión del Call of Duty. En cualquier caso, la guerra revela lo alejados que estamos de la verdad. Pues la verdad —lo que acontece o tiene lugar como inalterable— es el carácter sagrado del otro. Su rostro es, literalmente, inalcanzable, el más allá del cuerpo cuya vida cabe extirpar. De la mirada del otro —y solo de su mirada— se desprende el mandato de no matarás. Una cosa va con la otra. Pero actuamos como si ese mandato no fuera con nosotros. En medio de la acción, el otro no es más que lo que representa —el mal, la cucaracha que hay que aplastar, el aliado. Quizá sea cierto que existir —el encontrarnos en el mundo como arrancados— suponga un estar de espaldas a Dios y, por eso mismo, en permanente estado de guerra. Desde esta óptica, no hay paz que no sea una tregua.

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