esbozo de teoría literaria

diciembre 20, 2019 § Deja un comentario

“IMPONENTE, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacía y entonó:

Introibo ad altare Dei.

Se detuvo, miró de soslayo la oscura escalera de caracol y llamó groseramente:

—Acércate, Kinch. Acércate, jesuita miedoso.

Se adelantó con solemnidad y subió a la plataforma de tiro. Dio media vuelta y bendijo tres veces, gravemente, la torre, el campo circundante y las montañas que despertaban. Luego, advirtiendo a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, murmurando entre dientes y moviendo la cabeza. Stephen Dedalus, malhumorado y con sueño, apoyó sus brazos sobre el último escalón y contempló fríamente la gorgoteante y agitada cara que lo bendecía, de proporciones equinas por lo larga, y la cabellera clara, sin tonsurar, parecida por su tinte y sus vetas al roble pálido.

Buck Mulligan espió un instante por debajo del espejo y luego tapó la bacía con toda elegancia.

—¡De vuelta al cuartel! —dijo severamente.

Luego agregó con tono sacerdotal:

—Porque esto[…]”

Como sabemos, el Ulises de Joyce comienza de este modo. ¿Qué sucede aquí? La insistencia en el detalle —su fuerza— nos aleja, sin duda, de la épica. No hay Dios —no hay drama cósmico—, nada qué representar. Tan solo un episodio como cualquier otro. Fíjate en la cara equina de Stephen —en la amarillenta bata de Buck Mulligan. Pero, por eso mismo —por su fijación a lo nimio—, el lenguaje se convierte en doxa —literalmente, en brillo—, pues no tiene nada qué contar salvo lo irrelevante, lo que simplemente pasa o sucede. Como si eso fuera lo único que hay. Como si solo pudiéramos atender a lo que no importa. La parte, sencillamente, lo es todo. El lenguaje se revela como una enorme sinécdoque. Hay que leer el Ulises como leemos un haikú. En este sentido, quizá el Ulises sea una metanovela, esto es, la novela de la novela decimonónica, la cual aún anda preocupada, entre descripciones prolijas y, no obstante, risibles, por los asuntos del personaje que aún cree tener derecho a la palabra, a pesar de haber despreciado su aspiración a participar de un sentido global. De ahí que la sensación que nos provoca el Ulises de Joyce, sobre todo tras una lectura inmersiva, no pueda ser otra que el lenguaje nos encanta.

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